Domingo 18 de Julio

Reflexión sobre el Evangelio

El Señor ha hecho planes para descansar algún tiempo, junto con sus discípulos, de las absorbentes tareas apostólicas (Mc 6,31-32). Pero no puede llevarlos a cabo por la presencia de un gran número de gente que acude a Él ávida de su palabra. Jesucristo no sólo no se enfada con ellos, sino que siente compasión al ver la necesidad espiritual que tienen. «Se muere mi pueblo por falta de doctrina» (Os 4,6). Necesitan instrucción, y esta necesidad quiere subsanarla el Señor por medio de la predicación. «Conmueven a Jesús el hambre y el dolor, pero sobre todo le conmueve la ignorancia» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 109).

Meditación

En el tiempo de descanso

I. No podemos extrañarnos si experimentamos fatiga y sentimos la necesidad de descansar. En el Evangelio vemos que el Señor también terminaba sus jornadas extenuado, y a sus discípulos, cansados después de una misión apostólica por las ciudades y aldeas vecinas: no encontraban tiempo ni para comer. Jesús les muestra su solicitud y les dice: venid vosotros solos a un sitio tranquilo y descansad un poco (Mc 6, 30-34). Nuestra vida, que es también servicio a Cristo, a la familia y a la sociedad, está repleta de trabajo y de dedicación a los demás. Hemos de santificar ese cansancio, aun prolongado, amando a Dios en la fatiga, cuando por determinadas circunstancias debemos seguir en la tarea de siempre. Sin embargo, el oportuno reposo constituirá un deber grave y debemos poner los medios para estar en buenas condiciones físicas, pues es mucho lo que se espera de nosotros. “¡Cuánto nos ama Dios –exclamaba San Agustín–, pues cuando descansamos nosotros, llega a decir que descansa Él!” (Comentario sobre los Salmos).

II. Nuestro cansancio es muestra de la flaqueza humana y señal de que trabajamos con intensidad. “Vienen días –confesaba Santa Teresa con gran sencillez– que sola la palabra me aflige y querría irme del mundo, porque me parece que cansa todo” (Camino de perfección). También esos momentos deben ser para Dios, y acudir al médico, obedecer sus indicaciones, dormir un poco más, dar un paseo o leer un libro ameno y sano. Son circunstancias que Dios permite para que nos desprendamos de la propia salud, para crecer en caridad, esforzándonos por sonreír, aunque nos resulte costoso. En el tiempo de vacaciones no podemos dejar nuestra vida sobrenatural, ¡porque en el Amor no existen vacaciones!, y hemos de buscar, para nosotros y los nuestros, un lugar de descanso con un ambiente moral consecuente con nuestra vida cristiana, porque el bien del alma propia y ajena está por encima del bien corporal.

III. Es nuestra tarea abrir nuevos horizontes nobles y gratos a una sociedad que tiene necesidad de descanso: “Los cristianos deben colaborar para que las manifestaciones culturales y las actividades colectivas, que son características de nuestro tiempo, se impregnen de espíritu humano y cristiano” (Concilio Vaticano II, Constitución Gaudium et Spes). Y podemos también enseñar el sentido esencialmente religioso que tienen las fiestas, sin el cual quedarían vacías de contenido: Navidad, Semana Santa, domingos y demás fiestas del Señor y de la Virgen, recordando siempre que la Santa Misa es “el corazón de la fiesta cristiana” (Conferencia Episcopal Española, Las fiestas del calendario cristiano). Este es un apostolado que urge y que la Virgen contemplará con una sonrisa.

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