Domingo 10 de Octubre

Reflexión sobre el Evangelio

«Ya conoces los mandamientos»: El Señor no ha venido a abolir la Ley, sino a darle plenitud (Mt 5,17). Los mandamientos son el núcleo fundamental de la Ley. El cumplimiento de estos preceptos es necesario para alcanzar la vida eterna. Cristo da plenitud a estos mandamientos en un doble sentido. Primero, porque nos ayuda a descubrir todas las exigencias que éstos tienen en la vida de los hombres. La luz de la revelación nos lleva al conocimiento fácil y seguro de los preceptos del Decálogo, que la razón humana por sus propias fuerzas muy difícilmente lograría alcanzar. En segundo lugar, su gracia pone en nosotros la fortaleza para contrarrestar la inclinación mala que es fruto del pecado original. Los mandamientos conservan, pues, en la vida cristiana toda su vigencia y son como los hitos que señalan el camino que conduce al Cielo.

Meditación

La mirada de Jesús

I. Los textos de la Misa nos hablan de la sabiduría divina, que hemos de estimar más que cualquier otro bien (Sb 7, 7-11). Nada vale en comparación con el conocimiento de Dios, que nos hace participar de su intimidad y da sentido a la vida. El Verbo de Dios encarnado, Jesucristo, es la Sabiduría infinita, escondida en el seno del Padre desde la eternidad y asequible ahora a los hombres que están dispuestos a abrir su corazón con humildad y sencillez. Junto a Él, todo el oro es un poco de arena, y la plata vale lo que el barro, nada. Tener a Cristo es poseerlo todo, pues con Él nos llegan todos los bienes. Por eso cometemos la mayor necedad cuando preferimos algo (honor, riqueza, salud…) a Cristo mismo que nos visita. Nada vale la pena sin el Maestro.

II. Maestro bueno, ¿qué he de hacer para conseguir la vida eterna? (Mc 10, 17-30), le pregunta un joven rico a Jesús. Puesto que el joven ya cumplía los mandamientos desde su niñez, el Señor, fijando en él su mirada, le amó con un amor de predilección y le invitó a seguirle, dejando a un lado lo que poseía. Pedro, testigo de este episodio, recordaría esa mirada de Jesús que también (Jn 1, 42), en el comienzo de su vocación, se posó sobre él y cambió el rumbo de su vida. Y la vida de Pedro ya fue otra. ¡Cómo nos gustaría contemplar esa mirada de Jesús! Sin embargo el joven rico no quiso corresponder a la llamada del Maestro y una profunda tristeza anegó su alma. Cada uno de nosotros recibe una llamada particular y una mirada llena de amor de Jesús, y en la respuesta a esta invitación se contienen toda la paz y la felicidad verdaderas.

III. “La tristeza de este joven nos lleva a reflexionar. Podremos tener la tentación de pensar que poseer muchas cosas, muchos bienes de este mundo puede hacernos felices. En cambio, vemos en el caso del joven del Evangelio que las muchas riquezas se convirtieron en obstáculo para aceptar la llamada de Jesús a seguirlo. ¡No estaba dispuesto a decir sí a Jesús, y no a sí mismo, a decir sí al amor, y no a la huida! ¡El amor verdadero es exigente! Seguir al Señor implica un ponerse en camino, es decir, la exigencia de una vida de empeño y de lucha por imitarlo: “buscarle, encontrarle, tratarle, amarle” (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa). Él no deja de llamarnos para emprender el camino de la santidad siguiendo sus pasos. Ahora también Jesús vive, nos mira y nos llama. No dejemos pasar las oportunidades que nos brinda. Pediremos a Nuestra Madre perseverancia en el camino.

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