Domingo 24 de Octubre

Reflexión sobre el Evangelio

«No olvides que, para llegar hasta Cristo, se precisa el sacrificio; tirar todo lo que estorbe: manta, macuto, cantimplora. Tú has de proceder igualmente en esta contienda para la gloria de Dios, en esta lucha de amor y de paz, con la que tratamos de extender el reinado de Cristo. Por servir a la Iglesia, al Romano Pontífice y a las almas, debes estar dispuesto a renunciar a todo lo que sobre (…)» (Amigos de Dios, nn. 195-198).

Meditación

Es Cristo que pasa

I. Dios pasa por la vida de los hombres dando luz y alegría. En Jesús se cumplen todas las profecías. Pasó por el mundo haciendo el bien (Hch 10, 38), incluso a quien no le pedía nada. En Él se manifestó la plenitud de la misericordia divina con quienes estaban más necesitados: Curó a los enfermos, alimentó a la muchedumbre hambrienta, expulsó a los demonios…, se acercó a los que más padecían en el alma o en el cuerpo. Nosotros, que andamos con tantas enfermedades, hemos de acudir al Médico divino. Existen momentos en nuestra vida en los que experimentamos con más fuerza nuestras dolencias. Acudiremos entonces a Jesús, siempre cercano, con una fe humilde y sincera, como la de tantos enfermos y necesitados que aparecen en los Evangelios.

II. Cristo, siempre al alcance de nuestra voz, de nuestra oración, pasa a veces más cerca para que nos animemos a llamarle con fuerza. Temo –comenta San Agustín– que Jesús pase y no vuelva (San Agustín, Sermón). No podemos dejar que pasen las gracias como el agua de lluvia sobre la tierra dura. Hemos de gritarle a Jesús muchas veces, como lo hizo el ciego Bartimeo en el Evangelio de la Misa (Mc 10, 46-52); le gritamos ahora en el silencio de nuestra intimidad en una oración encendida: ¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí! Hemos de gritarle, afirma San Agustín, con la oración y con las obras que han de acompañarla (San Agustín, Sermón). Las buenas obras, especialmente la caridad, el trabajo bien hecho, la limpieza del alma en una Confesión contrita de nuestros pecados avalan ese clamor ante Jesús que pasa.

III. Nuestras dolencias, nuestra oscuridad quizá, pueden ser ocasión de un nuevo encuentro con Jesús, de un seguirle de un modo nuevo –más humildes, más purificados– por el camino de la vida, de convertirnos en discípulos que caminan más cerca de Él. Entonces podremos decir a muchos de parte del Señor: ¡Animo!, Levántate, te llama. “También ahora pasa Cristo con tu vida cristiana y, si le secundas, cuántos le conocerán, le llamarán, le pedirán ayuda y se les abrirán los ojos a las luces maravillosas de la gracia” (S. Josemaría Escrivá, Forja). ‘Domine, ut videam’: Señor que vea lo que quieres de mí. ‘Domina ut videam’: Señora, que vea lo que tu Hijo me pide ahora, en mis circunstancias, y se lo entregue.