Domingo 8 de Enero

Solemnidad de la Epifanía del Señor

Antífona de Entrada

Mirad que ya viene el Señor del universo; en sus manos está el reino, la potestad y el imperio.

Oración Colecta

Señor, Dios nuestro, que por medio de una estrella diste a conocer en este día a todos los pueblos el nacimiento de tu Hijo, concede a los que ya te conocemos por la fe, llegar a contemplar, cara a cara, la hermosura de tu inmensa gloria.
Por nuestro Señor Jesucristo…
Amén.

Primera Lectura

La gloria del Señor alborea sobre ti
Lectura del libro del profeta Isaías 60, 1-6

¡Levántate y resplandece, Jerusalén, porque ha llegado tu luz; la gloria del Señor alborea sobre ti! Mira: las tinieblas cubren la tierra y espesa niebla envuelve a los pueblos, pero sobre ti resplandece el Señor y en ti se manifiesta su gloria. Caminarán los pueblos a tu luz, y los reyes al resplandor de tu aurora.

Levanta los ojos y mira alrededor: todos se reúnen y vienen a ti. Tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos. Entonces verás, radiante de alegría; tu corazón se alegrará y se ensanchará, cuando se vuelquen sobre ti los tesoros del mar y te traigan las riquezas de los pueblos. Te inundará una multitud de camellos y dromedarios, procedentes de Madián y de Efá. Vendrán todos los de Sabá, trayendo incienso y oro y proclamando las alabanzas del Señor.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Del salmo 71
Que te adoren, Señor, todos los pueblos.

Comunica, Señor, al rey tu juicio y tu justicia al que es hijo de reyes; así tu siervo saldrá en defensa de tus pobres y regirá a tu pueblo justamente.
Que te adoren, Señor, todos los pueblos.

Florecerá en sus días la justicia y reinará la paz, era tras era. De mar a mar se extenderá su reino y de un extremo al otro de la tierra.
Que te adoren, Señor, todos los pueblos.

Los reyes de occidente y de las islas le ofrecerán sus dones. Ante él se postrarán todos los reyes y todas las naciones.
Que te adoren, Señor, todos los pueblos.

Segunda Lectura

También los paganos participan de la misma herencia que nosotros
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 3, 2-3. 5-6

Hermanos: Han oído hablar de la distribución de la gracia de Dios, que se me ha confiado en favor de ustedes. Por revelación se me dio a conocer este misterio que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, pero que ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que, por el Evangelio, también los paganos son coherederos de la misma herencia, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la misma promesa en Jesucristo.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Aclamación antes del Evangelio

Aleluya, aleluya.
Hemos visto su estrella en el Oriente y hemos venido a adorar al Señor.
Aleluya.

Evangelio

Hemos venido de Oriente para adorar al rey de los judíos
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 2, 1-12

Jesús nació en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes. Unos magos de Oriente llegaron entonces a Jerusalén, y preguntaron: «¿Dónde está el Rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos surgir su estrella y hemos venido a adorarle». Al enterarse, el rey Herodes se sobresaltó y toda Jerusalén con él. Convocó entonces a los sumos sacerdotes y a los escribas del pueblo, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: «En Belén de Judá; porque así lo ha escrito el profeta: “Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres en manera alguna la menor entre las ciudades ilustres de Judá; pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel».
Entonces Herodes llamó en secreto a los magos, para que le precisaran el tiempo en que se les había aparecido la estrella, y los mandó a Belén diciéndoles: «Vayan y averigüen cuidadosamente qué hay de ese niño; y cuando le encuentren, avísenme, para que yo también vaya a adorarle». Después de oír al rey, los magos se pusieron en camino; y de pronto la estrella que habían visto surgir comenzó a guiarlos, hasta que se detuvo encima de donde estaba el niño. Al ver de nuevo la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa y vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron. Después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Advertidos durante el sueño de que no volvieran a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

Oración sobre las Ofrendas

Mira, Señor, con bondad los dones de tu Iglesia, que no consisten ya en oro, incienso y mirra, sino en tu mismo Hijo, Jesucristo, que, bajo las apariencias de pan y de vino, va a ofrecerse en sacrificio y a dársenos en alimento y que vive y reina por los siglos de los siglos.
Amén.

Antífona de la Comunión

Hemos visto su estrella en el Oriente y venimos con regalos a adorar al Señor.

Oración después de la Comunión

Que tu luz, Señor, nos guíe y nos acompañe siempre: para que comprendamos cada día más este sacramento en el que hemos participado y podamos recibirlo con mayor amor.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.

 

Reflexión sobre el evangelio

«Ocurre en determinados momentos de nuestra vida interior, casi siempre por culpa nuestra, lo que pasó en el viaje de los Reyes Magos: que la estrella desaparece (…). ¿Qué hacer, entonces? Seguir los pasos de aquellos hombres santos: preguntar. Herodes se sirvió de la ciencia para comportarse injustamente; los Reyes Magos la utilizan para obrar el bien. Pero los cristianos no tenemos necesidad de preguntar a Herodes o a los sabios de la tierra. Cristo ha dado a su Iglesia la seguridad de la doctrina, la corriente de la gracia en los Sacramentos; y ha dispuesto que haya personas para orientar, para conducir, para traer a la memoria constantemente el camino» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 34).

 

Meditación

La epifanía del Señor

I. En la Epifanía (que quiere decir ‘manifestación’) la Iglesia conmemora la primera manifestación del Hijo de Dios hecho Hombre al mundo pagano, que tuvo lugar con la adoración de los Magos. La fiesta proclama el alcance universal de la misión de Cristo, que viene al mundo para cumplir las promesas hechas a Israel y llevar a cabo la salvación de todos los hombres. Es por ello que la luz de Belén brilla para todos los hombres y su fulgor se divisa en toda la tierra. Jesús, apenas nacido, “comenzó a comunicar su luz y sus riquezas al mundo, trayendo tras sí con su estrella a hombres de tan lejanas tierras” (Luis de Granada). En esta fiesta –una de las más antiguas– celebramos la universalidad de la Redención. Los habitantes de Jerusalén que aquel día vieron llegar a estos personajes por la ruta del Oriente bien podrían haber entendido el anuncio del Profeta Isaías, que hoy leemos en la Primera Lectura de la Misa: Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz, la gloria del Señor amanece sobre ti. Mira: las tinieblas cubren la tierra, la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti; y caminarán los pueblos a tu luz; los reyes, al resplandor de tu aurora. Levanta la vista en torno, mira: todos esos se han reunido, vienen a ti: tus hijos llegan de lejos (Is 60, 1-6).
Los Magos, en quienes están representadas todas las razas, naciones y culturas, han llegado al final de su largo camino. Son hombres con sed de Dios que dejaron a un lado comodidad, bienes terrenos y satisfacciones personales para adorar al Señor Dios. Se dejaron guiar por un signo externo, una estrella que quizá brillaba con distinto fulgor, “más clara y más brillante que las demás, y tal, que atraía los ojos y los corazones de cuantos la contemplaban, para mostrar que no podía carecer de significado una cosa tan maravillosa” (S. León Magno). Eran hombres dedicados al estudio del cielo, acostumbrados a buscar en él signos. Hemos visto su estrella, dicen, y venimos a buscar al rey de los judíos. Quizá había llegado hasta ellos la esperanza mesiánica de los judíos de la diáspora, pero debemos pensar que fueron iluminados a la vez por una gracia interior dada por Dios que les puso en camino. El que los guio –comenta San Bernardo–, también los ha instruido, y el mismo que les advirtió externamente mediante una estrella, los iluminó en lo íntimo del corazón (S. Bernardo). La fiesta de estos Santos, que correspondieron a la gracia que Dios otorga, es una oportunidad para que pensemos si realmente nuestra vida es para nosotros un camino que se dirige hacia un encuentro con Jesús, y para que examinemos si correspondemos a la gracia que recibimos del Espíritu Santo en todo momento, de modo particular al don inmenso de la vocación a la santidad.

 

II. Llegaron a Jerusalén y quizá pensaban que aquél era el final del viaje, pero en la ciudad no encuentran al nacido rey de los judíos. Como se trata de buscar a un rey se dirigieron al palacio de Herodes lo que parece humanamente lo más lógico; pero los caminos de los hombres, frecuentemente, no son los caminos de Dios. Esto, pues Dios, cuando de verdad se le quiere encontrar, sale al paso y nos señala la ruta, incluso a través de los medios que podrían parecer menos aptos.
¿Dónde está el nacido rey de los judíos? (Mt 2, 2). Y nosotros que, como los Magos, nos hemos puesto en camino muchas veces en busca de Cristo, al preguntarnos dónde está, nos damos cuenta de que “no puede estar en la soberbia que nos separa de Dios, no puede estar en la falta de caridad que nos aísla. Ahí no puede estar Cristo; ahí el hombre se queda solo” (S. Josemaría Escrivá).
En estos hombres llamados a adorarlo en el Niño en el que ha encarnado reconocemos a toda la humanidad: la del pasado, la de nuestros días y la que vendrá. En estos Magos nos reconocemos a nosotros mismos, que nos encaminamos a Cristo a través de nuestra vida, de la fidelidad diaria de cada día; por ello, la estrella que nos guía es triple: la Sagrada Escritura, que hemos de conocer bien; una estrella, que está siempre arriba para que la miremos y encontremos la justa dirección, que es María Madre; y una estrella interior, personal, que son las gracias y dones del Espíritu Santo (S. Buenaventura). Con esta ayuda encontraremos en todo momento el sendero que conduce hasta Jesús que nos revela al Padre.
Es el Señor el que ha puesto en nuestro corazón el deseo de buscarlo: No son ustedes quienes me han elegido, sino que Yo los elegí (Jn 15, 16). Su llamada es la que nos hace encontrarlo en el Evangelio, en Santa María, en la oración tanto vocal como mental, en los sacramentos, y de modo más pleno en la Eucaristía, donde nos espera siempre.
Dentro de un tiempo, solo Dios sabe cuánto, la estrella que hemos seguido en esta vida brillará perpetuamente sobre nosotros; y encontraremos a Jesús sentado en un trono, a la diestra de Dios Padre y envuelto en la plenitud de su poder y de su gloria, y, muy cerca, su Madre. Entonces será la perfecta epifanía, la radiante manifestación del Hijo de Dios.

 

III. La Epifanía mueve a renovar el espíritu misionero que, como discípulos suyos, Jesús ha puesto en nuestro corazón. Esta fiesta es vista como la primera manifestación de Cristo a todos los pueblos. “Con el nacimiento de Jesús se ha encendido una estrella en el mundo, se ha encendido una vocación luminosa; caravanas de pueblos se ponen en camino (cfr. Is 60, 1 ss); se abren nuevos senderos sobre la tierra; caminos que llegan, y, por lo mismo, caminos que parten. Cristo es el centro. Más aún, Cristo es el corazón” (Pablo VI). La fiesta de hoy nos recuerda una vez más que hemos de llevar a Cristo y darlo a conocer en la sociedad, a través del ejemplo y de la palabra, como lo piden nuestros Obispos en Aparecida “como pastores que queremos seguir impulsando la acción evangelizadora de la Iglesia, llamada a hacer de todos sus miembros discípulos y misioneros de Cristo, Camino, Verdad y Vida, para que nuestros pueblos tengan vida en Él”.
En nuestro corazón resuena la invitación que años más tarde dirigirá el Señor a quienes le siguen: Id, pues, enseñad a todas las gentes (Mt 28, 19). No importa que nuestros familiares, amigos o compañeros se encuentren lejos. La gracia de Dios es más poderosa y, con su ayuda, podemos lograr que se unan a nosotros para adorar a Jesús.
No nos acerquemos hoy a Jesús con las manos vacías. Él no tiene necesidad de nuestros dones, pues es el Dueño de todo cuanto existe, pero desea la gEnerosidad de nuestro corazón para que así se agrande y pueda recibir más gracias y bienes. Hoy ponemos a su disposición el oro puro de la caridad: al menos, el deseo de quererle más, de tratar mejor a todos; el incienso de las oraciones y de las buenas obras convertidas en oración; la mirra de nuestros sacrificios que, unidos al Sacrificio de la Cruz, renovado en la Santa Misa, nos convierte en corredentores con Él.
Supliquemos que nos enseñen los Reyes, porque son santos, el camino para encontrar a Jesús, nuestro salvador, y fuerzas y humildad para no desfallecer en esta empresa, que es la que más importa. Y he aquí que la estrella que habían visto en Oriente iba delante de ellos, hasta pararse sobre el sitio donde estaba el Niño. Al ver la estrella se llenaron de una inmensa alegría (Mt 2, 9-10). Es la alegría incomparable de encontrar a Dios, al que se ha buscado por todos los medios, con todas las fuerzas del alma.
Y entrando en la casa, vieron al Niño con María, su Madre, y postrándose le adoraron; luego abrieron sus cofres y le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra (Mt 2, 11). Eran dones muy apreciados en Oriente. Y ese mismo Niño que ha aceptado los regalos de los Magos sigue siendo siempre Aquel ante el cual todos los hombres y pueblos “abren sus cofres”, es decir, sus tesoros. “En este acto de apertura ante el Dios encarnado, los dones del espíritu humano adquieren un valor especial” (Juan Pablo II). Todo adquiere un valor nuevo cuando se ofrece a Dios.