Martes 28 de junio

Meditación

El silencio de Dios

I. A lo largo del Evangelio vemos a Jesús portarse con naturalidad y sencillez. Realiza los milagros sin hacer ruido. Le vemos acoger calladamente las peticiones de ayuda, que luego atenderá. El silencio de Jesús durante el proceso ante Herodes y Pilato, de pie, ante una muchedumbre vociferante, está lleno de una sublime grandeza. El silencio de Jesús ante quienes le ofenden está lleno de piedad y de perdón porque sabe esperar nuestra conversión. El silencio en la Cruz abre de par en par el camino de una nueva era de misericordia. En la escena que nos propone el Evangelio (Mt 8, 23-27) es el único pasaje que nos muestra a Jesús dormido, durante la tempestad que se desató cuando Él y los Apóstoles cruzaban el lago de Genesaret. ¡Señor, sálvanos que perecemos! Jesús les tranquiliza con estas palabras: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? Como si les dijera: ¿no sabéis que estoy con vosotros, y que esto debe daros una firmeza sin límites en medio de vuestras dificultades? Los discípulos se llenaron de asombro, de paz y de alegría. Comprobaron una vez más que ir con Cristo es caminar seguros, aunque Él guarde silencio.

II. La única seguridad verdadera es estar con Jesús en su barca, al alcance de su mirada para vencer miedos y dificultades. Jesús quiere vernos con paz y con serenidad en todos los momentos y circunstancias. ‘No temáis, soy yo’, dice a sus discípulos atemorizados por las olas. El mensaje de la Encarnación se abre con estas palabras: ‘No temas, María’ (Lc 1, 30). Y a San José le dirá el Ángel del Señor: ‘José, hijo de David, no temas’ (Mt 1, 20). Y a los pastorcitos les repetirá de nuevo: ‘No tengáis miedo’. El mismo santo temor de Dios es una forma de amor: es temor de perderle. La consideración frecuente de la filiación divina nos quitará todo temor. El Señor vela por nosotros, aun cuando en algunas ocasiones parece que duerme.

III. Algunos cristianos se alejan de Jesús cuando las cosas no acontecen como ellos lo desean y cuando más lo necesitan: en la enfermedad, en la penuria económica, cuando duele la calumnia y algunos amigos dan la espalda. Piensan que Dios no los oye o que guarda silencio porque es indiferente. Es cuando debemos decir con más fuerza: ¡Señor, sálvanos que perecemos! Él nos oye siempre y espera que nos abandonemos más en sus brazos fuertes. No olvidemos tampoco en esas circunstancias que tenemos un Ángel a nuestro lado para que nos custodie, nos ayude y lleve nuestras oraciones con más facilidad a Dios. ¡Ángel de mi guarda, mi dulce compañía, no me dejes solo, porque me perdería!