1ª Semana del Tiempo Ordinario
Antífona de Entrada
Oye, Señor, mi voz y mis clamores. Ven en mi ayuda, no me rechaces, ni me abandones, Dios, salvador mío.
Oración Colecta
Señor Dios, fortaleza de los que en ti esperan, acude, bondadoso, a nuestro llamado y puesto que sin ti nada puede nuestra humana debilidad, danos siempre la ayuda de tu gracia, para que, en el cumplimiento de tu voluntad, te agrademos siempre con nuestros deseos y acciones.
Por nuestro Señor Jesucristo…
Amén.
Primera Lectura
Tenía que asemejarse en todo a sus hermanos
Lectura de la carta a los hebreos 2, 14-18
Hermanos: Todos los hijos de una familia tienen la misma sangre; por eso, Jesús quiso ser de nuestra misma sangre, para destruir con su muerte al diablo, que mediante la muerte, dominaba a los hombres, y para liberar a aquellos que, por temor a la muerte, vivían como esclavos toda su vida.
Pues como bien saben, Jesús no vino a ayudar a los ángeles, sino a los descendientes de Abraham; por eso tuvo que hacerse semejante a sus hermanos en todo, a fin de llegar a ser sumo sacerdote, misericordioso con ellos y fiel en las relaciones que median entre Dios y los hombres, y expiar así los pecados del pueblo. Como él mismo fue probado por medio del sufrimiento, puede ahora ayudar a los que están sometidos a la prueba.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.
Salmo Responsorial
Del salmo 104
El Señor nunca olvida sus promesas.
Aclamen al Señor y denle gracias, relaten sus prodigios a los pueblos. Entonen en su honor himnos y cantos, celebren sus portentos.
El Señor nunca olvida sus promesas.
Del nombre del Señor enorgullézcanse y siéntase feliz el que lo busca. Recurran al Señor y a su poder y a su presencia acudan.
El Señor nunca olvida sus promesas.
Descendientes de Abraham, su servidor, estirpe de Jacob, su predilecto, escuchen: el Señor es nuestro Dios y gobiernan la tierra sus decretos.
El Señor nunca olvida sus promesas.
Ni aunque transcurran mil generaciones se olvidará el Señor de sus promesas, de la alianza pactada con Abraham, del juramento a Isaac, que un día le hiciera.
El Señor nunca olvida sus promesas.
Aclamación antes del Evangelio
Aleluya, aleluya.
Mis ovejas escuchan mi voz, dice el Señor, yo las conozco y ellas me siguen.
Aleluya.
Evangelio
Curó a muchos enfermos de diversos males
Lectura del santo Evangelio según san Marcos 1, 29-39
En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama, con fiebre, y enseguida le avisaron a Jesús. Él se le acercó, y tomándola de la mano, la levantó. En ese momento se le quitó la fiebre y se puso a servirles.
Al atardecer, cuando el sol se ponía, le llevaron a todos los enfermos y poseídos del demonio, y todo el pueblo se apiñó junto a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó a muchos demonios, pero no dejó que los demonios hablaran, porque sabían quién era él. De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, Jesús se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, donde se puso a orar. Simón y sus compañeros lo fueron a buscar, y al encontrarlo, le dijeron: «Todos te andan buscando». Él les dijo: «Vamos a los pueblos cercanos para predicar también allá el Evangelio, pues para eso he venido». Y recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando a los demonios.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.
Oración sobre las Ofrendas
Tú que con este pan y este vino que te presentamos das al género humano el alimento que lo sostiene y el sacramento que lo renueva, concédenos, Señor, que nunca nos falte esta ayuda para el cuerpo y el alma.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
Antífona de la Comunión
Padre santo, guarda en tu nombre a los que me has dado, para que, como nosotros, sean uno, dice el Señor.
Oración después de la Comunión
Señor, que esta santa comunión, que acabamos de recibir, así como significa la unión de los fieles en ti, así también lleve a efecto la unidad en tu Iglesia.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
Reflexión sobre el evangelio
«Y recorrió toda Galilea»: Jesucristo nos dice aquí que su misión es predicar, evangelizar. Para esto ha sido enviado. Los Apóstoles, a su vez, han sido elegidos por Jesús para enviarlos a predicar. La predicación es el medio elegido por Dios para llevar a cabo la salvación: «Quiso Dios salvar a los creyentes por medio de la necedad de la predicación» (1 Co 1,21). Por eso el mismo San Pablo dice a Timoteo: «Predica la palabra, insiste con ocasión y sin ella, reprende, reprocha y exhorta con toda paciencia y doctrina» (2 Tim 4,1-2). La fe nos viene por el oído, nos dirá en la carta a los romanos, y, citando al profeta Isaías, exclama con entusiasmo: «¡Qué hermosos los pies de los que anuncian la Buena Nueva!» (Rm 10,15; Is 52,7).
Meditación
Oración y apostolado
I. Continúan siendo actuales aquellas palabras de San Agustín al comienzo de sus Confesiones: “Nos has creado, Señor, para Ti y nuestro corazón no halla sosiego hasta que descansa en ti” (Confesiones). El corazón de la persona humana está hecho para buscar y amar a Dios. Y el Señor facilita este encuentro, pues Él busca también a cada persona, a través de gracias sin cuento, de cuidados llenos de delicadeza y de amor. En esto reside nuestra esperanza apostólica: a todos, de una manera u otra, anda buscando Cristo. Nuestra misión –por encargo de Dios– es facilitar estos encuentros de la gracia. Hoy en nuestra oración le pedimos al Señor que nos enseñe a darlo a conocer a los que nos rodean con el ejemplo de una vida alegre, a través del trabajo bien realizado, con una palabra que mueva los corazones.
II. Somos los brazos de Dios en el mundo, pues Él ha querido tener necesidad de los hombres. No debemos pasar –por pereza, comodidad, cansancio, respetos humanos– ni una sola ocasión. El Papa Juan Pablo I nos exhortaba a que se estudiaran todos los caminos, todas las posibilidades, y se procurasen todos los medios para anunciar, oportuna e inoportunamente (Alocución), la salvación a todas las gentes. Por eso debemos sentir la responsabilidad personal de que nadie, con quienes tuvimos algún trato, pueda decir al Señor: ‘hominem non habeo’ (Jn 5, 39): no encontré quien me hablara de Ti, nadie me enseñó el camino. Hoy podemos preguntarnos: ¿a cuántas personas he ayudado a vivir cristianamente el tiempo de Navidad que acabamos de celebrar?
III. No podríamos ser instrumentos del Señor sin cuidar con esmero la vida de piedad, sin un trato verdaderamente personal con Cristo en la oración. El apostolado es fruto del amor a Cristo. Él es la Luz con la que iluminamos, la Verdad que debemos enseñar, la Vida que comunicamos. En el trato con Jesús es donde aprendemos a comprender, a mantener la alegría, a atender y apreciar a las personas que el Señor pone en nuestra senda. La oración es el soporte de nuestra vida y la condición de todo apostolado. Acudimos a la intercesión poderosa de San José, maestro de vida interior, y le pedimos que nos enseñe a amar a Jesús como él lo amó.
