Domingo 26 de Febrero

Reflexión sobre el Evangelio

«El Reino de Dios y su justicia»: Una vez más la justicia del Reino de Dios aparece como la vida de la gracia en el hombre; lo que lleva consigo todo un conjunto de actitudes espirituales y morales, y puede resumirse en el concepto de «santidad». La búsqueda de la santidad es lo primero que se debe intentar en esta vida. De nuevo Jesús insiste en la primacía de las exigencias espirituales. Afirma Su Santidad el Papa Pablo VI, comentando este pasaje: «¿Por qué la pobreza? Para dar a Dios, al Reino de Dios, el primer lugar en la escala de valores que son objeto de las aspiraciones humanas. Dice Jesús: ‘Buscad primero el Reino de Dios y su justicia’; y lo dice en comparación con todos los otros bienes temporales, incluso necesarios y legítimos, que normalmente empeñan los deseos humanos. La pobreza de Cristo hace posible este desprendimiento afectivo de las cosas terrenas para poner por delante de las aspiraciones humanas la relación con Dios» (Audiencia general Pablo VI, 5-I-1977).

Meditación

El afán de cada día

I. En el Evangelio de la Misa, el Señor nos da este consejo: No andéis agobiados por el día de mañana, porque el mañana traerá su propia preocupación. Le basta ya a cada día su propia preocupación (Mateo 6, 34). El ayer ya pasó; el mañana no sabemos si llegará (S. Josemaría Escrivá, Camino), pues a nadie se le ha entregado su porvenir. Del ayer sólo quedan muchos motivos de acción de gracias por los innumerables beneficios y ayudas de Dios, y también de quienes conviven con nosotros. También han quedado motivos de contrición y de penitencia por los pecados, errores y omisiones. Mañana ‘todavía no es’: está en manos del Señor, y dispondremos de las gracias necesarias para enfrentar lo que traiga consigo. Lo que importa es el hoy. Es el que tenemos para amar y para santificarnos a través de los acontecimientos, algunos más humanamente agradables que otros, pero cada uno de ellos puede ser una joya para Dios y para la eternidad si lo hemos vivido con plenitud humana y sobrenatural. ‘Hic et nunc’: aquí y ahora es donde tengo que amar a Dios con todo mi corazón y con obras.

II. No andéis angustiados… La preocupación estéril no suprime la desgracia temida, sino que la anticipa. Nos echamos encima una carga sin tener todavía la gracia para sobrellevarla. La preocupación aumenta las dificultades, y disminuye la capacidad de realizar el deber del momento presente. Sobre todo, faltamos contra la Providencia que el Señor ejerce sobre todas las situaciones de la vida. Y Jesús nos ha dicho, ¡ya tantas veces!: Tened confianza, soy Yo, no temáis (Mateo 14, 27) El abandono en Dios –el santo abandono- no disminuye nuestra responsabilidad de hacer y prever lo que cada caso requiera, ni nos dispensa de vivir la virtud de la prudencia, pero se opone a la desconfianza en Dios y a la inquietud sobre cosas que todavía no han tenido lugar.

III. Vivir el momento presente supone prestar atención a las cosas y a las personas y, por tanto mortificar la imaginación y el recuerdo inoportuno. La imaginación nos hace estar muy lejos del único mundo que tenemos para santificar, nos hace perder el tiempo, y si no la mortificamos, será uno de los grandes enemigos de nuestra santificación. Aquí y ahora debemos cumplir el plan de vida que nos hemos fijado y huir de la tibieza. Pidamos a la Santísima Trinidad que nos conceda la gracia de vivir el momento presente en cada jornada con plenitud de Amor, como si fuera la última ofrenda de nuestra vida en la tierra.