Lunes 24 de Abril

Reflexión sobre el Evangelio

Las tres parábolas precedentes se terminan con el anuncio de un juicio riguroso y definitivo. Contemplamos ahora la escena grandiosa de este acto final, que hará entrar todas las cosas en el orden de la justicia. La tradición cristiana le da el nombre de ‘Juicio Final’, para distinguirlo del ‘juicio particular’ al que cada uno deberá someterse inmediatamente después de la muerte. La sentencia dictada al fin de los tiempos no será sino la confirmación pública y solemne de la suerte cabida ya a los elegidos y réprobos.

En este pasaje se pone de manifiesto la enseñanza de algunas verdades fundamentales de nuestra fe: 1) La existencia de un juicio universal al final de los tiempos. 2) La identificación que Cristo hace de Sí mismo con la persona de cualquier necesitado: hambriento, sediento, desnudo, enfermo, encarcelad. 3) Finalmente, la realidad de un suplicio eterno para los malos y de una dicha eterna para los justos.

Meditación

La imaginación

I. En un diálogo íntimo, Nicodemo le pregunta a Jesús por su misión. Jesús le contesta: es preciso nacer de nuevo. Se trata de un nacimiento espiritual por el agua y el Espíritu Santo: es un mundo completamente nuevo el que se abre ante los ojos de Nicodemo. Estas palabras constituyen un horizonte sin límites para todos los cristianos que queremos dejarnos llevar dócilmente por las inspiraciones y mociones del Espíritu Santo. La vida interior no consiste solamente en adquirir una serie de virtudes naturales o en guardar algunas formas de piedad. ‘Tenéis que despojarnos del hombre viejo según el cual habéis vivido en vuestra vida pasada’ (5, 22), decía San Pablo a los Efesios. Es una transformación interior obra de la gracia en el alma y de nuestra mortificación de la inteligencia, de los recuerdos y de la imaginación. Así como la imaginación puede ser de gran ayuda en la vida interior, para la contemplación de la vida del Señor, podría convertirse en “la loca de la casa” si nos arrastra a cosas vanas, insustanciales, fantásticas y aun prohibidas. Su sometimiento a la razón se consigue con mortificación.

II. Dejar suelta la imaginación supone, en primer lugar, perder el tiempo, que es un don de Dios. Cuando no hay mortificación interior, los sueños de la imaginación giran frecuentemente alrededor de los propios talentos, de lo bien que se ha quedado en determinada actuación, en la admiración que se despierta alrededor, lo que lleva a perder la rectitud de intención y a que la soberbia tome cuerpo. Otras veces la imaginación juzga el modo de actuar de otros y lleva por lo tanto a cometer faltas internas de caridad, porque lleva a emitir juicios negativos y poco objetivos: sólo Dios lee la verdad de los corazones. Vale la pena que hoy examinemos cómo llevamos esa mortificación interior de la imaginación, que tanto ayuda a mantener la presencia de Dios y a evitar muchas tentaciones y pecados.

III. La mortificación de la imaginación no está en la frontera del pecado, sino en el terreno de la presencia de Dios, del Amor. Purifica el alma y facilita que aprovechemos bien el tiempo dedicado a la oración; nos permite aprovechar mejor el tiempo en el trabajo, haciéndolo a conciencia, santificándolo; nos permite vivir la caridad al estar pendiente de los demás. La imaginación purificada nos ayuda en el trato con Dios porque nos ayuda a meditar las escenas del Evangelio y a meternos en él como un personaje más. Imitemos a la Santísima Virgen, que guardaba todas estas cosas –los sucesos de la vida del Señor– y las meditaba en su corazón (Lc 2, 19).