Reflexión sobre el Evangelio
«Porque no tienen más que un Maestro»: Jesucristo viene a enseñar la Verdad; más aún, Él es la Verdad (Jn 14,6). De ahí la singularidad y el carácter único de su condición de Maestro. «La vida entera de Cristo fue una continua enseñanza: su silencio, milagros, su gestos, su oración, su amor al hombre, su predilección por los pequeños y los pobres, la aceptación del sacrificio total en la Cruz por la salvación del mundo, su Resurrección son la actuación de su palabra y el cumplimiento de la revelación. De suerte que para los cristianos el Crucifijo es una de las imágenes más sublimes y populares de Jesús que enseña.
Estas consideraciones, que están en la línea con las grandes tradiciones de la Iglesia, reafirman en nosotros el fervor hacia Cristo, el Maestro que revela a Dios a los hombres y al hombre a sí mismo; el Maestro que salva, santifica y guía, que está vivo, que habla, que exige, que conmueve, que endereza, juzga, perdona, camina diariamente con nosotros en la historia; el Maestro que viene y que vendrá en la gloria» (Juan Pablo II, Adhort. Apost. Catechesi tradendae, n 9).
Meditación
Uno sólo es vuestro Padre
I. Sólo hay un Maestro y un Doctor, Cristo. La enseñanza de la Iglesia es la de Cristo, los maestros lo son en la medida en que son imagen del Maestro. Y un solo Padre, el celestial (Mateo 23, 1-12), del que se deriva toda paternidad en el cielo y en la tierra. Dios tiene la plenitud de la paternidad, y de ella participaron nuestros padres al darnos la vida, y también han participado los que de alguna manera nos han engendrado a la vida de la fe. San Pablo escribe a los primeros cristianos de Corinto como a hijos queridísimos… porque yo os engendré en Cristo Jesús por medio del Evangelio. Por consiguiente, os suplico: sed imitadores míos. Y aquellos cristianos sabían que, al emular a San Pablo, se convertían en imitadores de Cristo. En el Apóstol veían reflejado el espíritu del Maestro y el cuidado amoroso de Dios sobre ellos. Al Papa le llamamos con toda propiedad “Padre común de todos los cristianos” (1 Co 4, 14-16). Cuando honramos a nuestros padres, que nos dieron la vida, y a quienes nos engendraron en la fe, damos mucha gloria a Dios, pues en ellos se refleja la paternidad divina.
II. De esa paternidad espiritual participamos los cristianos sobre aquellos a quienes hemos ayudado –a veces con dolor y fatiga– a encontrar a Cristo en su vida. La paternidad es más plena cuanto mayor es la entrega a esta tarea. Esta paternidad espiritual es una porción importante del premio que Dios da en esta vida a quienes le siguen, por vocación divina, en una entrega plena. La Virgen Santa María ejerce su maternidad sobre los cristianos y sobre todos los hombres (Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium). De Ella aprendemos a tener un alma grande para aquellos que continuamente tratamos de llevar a su Hijo, y que en cierto modo hemos engendrado en la fe. “Si nos identificamos con María, si imitamos sus virtudes, podremos lograr que Cristo nazca, por la gracia, en el alma de muchos que se identificarán con Él por la acción del Espíritu Santo. Si imitamos a María, de alguna manera participaremos en su maternidad espiritual” (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios).
III. El amor por quienes hemos acercado a Dios no es una simple amistad, “sino el amor de caridad, el mismo amor con el que les ama el Hijo encarnado. Es por esto, y sólo por esto, por lo que el Hijo nos lo ha dado a cada uno de nosotros, para que podamos darlo a los demás. El amor hacia nuestros hermanos genera en nosotros el mismo deseo que genera el del Hijo: el de su santificación y salvación” (B. Perquín, Abba, Padre). San José nos enseña cómo ha de ser ese desvelo por los demás es su trato con Jesús, a mirar con amor siempre creciente a quienes Dios Ha puesto en nuestro camino.
