Sábado 6 de Enero

Reflexión sobre el Evangelio

En el momento de comenzar la vida pública se pone de manifiesto el misterio de la Santísima Trinidad: «El Hijo es bautizado, el Espíritu Santo desciende en forma de paloma y se oye la voz del Padre» (San Beda, In Marci Evangelium expositio, ad loc.). «Permanece en Él el Espíritu Santo –continúa San Beda–, pero no desde que fue bautizado, sino desde que se encarnó». Es decir, Jesús no recibe su filiación divina en el momento del bautismo, sino que es Hijo de Dios desde toda la eternidad. Tampoco es constituido Mesías en este momento, ya que lo es desde la Encarnación.

El bautismo es la manifestación pública de Jesús como Hijo de Dios y como Mesías, ratificada con la presencia de la Santísima Trinidad. «El descenso del Espíritu Santo sobre Jesús guarda relación con el sacramento de todos los que después iban a ser bautizados, pues todos los que son bautizados con el Bautismo de Cristo reciben el mismo Espíritu Santo» (Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, III, q. 39, a. 6 ad 3).

Meditación

Encontrar a Jesús

I. La Sagrada Familia solía trasladarse a Jerusalén durante la Pascua para asistir al Templo en cumplimiento de la ley. Al ser ya el Niño de doce años cumplidos, subió a Jerusalén, según solían hacer en aquella fiesta (Lc 2, 42), y terminados los ritos pascuales, se inicia la vuelta a Nazaret. Cuando terminó la primera jornada de regreso, sus padres creyeron haber perdido a Jesús, o que Jesús les había perdido a ellos, y andaba solo. Desandaron el camino y le buscaron angustiados durante tres días. Todo inútil. María y José le perdieron sin culpa suya. Nosotros le perdemos por el pecado, por la tibieza, por la falta de espíritu de mortificación y sacrificio. Entonces, nuestra vida sin Jesús se queda a oscuras. Cuando nos encontremos en esa oscuridad hemos de reaccionar enseguida y buscarle, hemos de saber preguntar a quien puede y debe saberlo: ¿Dónde está el Señor?

II. María Y José no perdieron a Jesús, fue Él quien se ausentó de su lado. Con nosotros es distinto; Jesús jamás nos abandona. Somos nosotros los hombres quienes podemos echarlo de nuestro lado por el pecado, o al menos alejarlo por la tibieza. En todo encuentro entre el hombre y Cristo, la iniciativa ha sido de Jesús; por el contrario, en toda situación de desunión, la iniciativa la llevamos siempre nosotros. Él no nos deja jamás. Cuando el hombre peca gravemente se pierde para sí mismo y para Cristo. Con la tibieza y el desamor, se valora poco o nada la compañía de Jesús. María y José amaban a Jesús entrañablemente; por eso le buscaron sin descanso, por eso sufrieron de una manera que nosotros no podemos comprender, por eso se alegraron tanto cuando de nuevo le encontraron. Nosotros hemos de pedirles que sepamos apreciar la compañía de Jesús, y que estemos dispuestos a todo antes de perderle.

III. Jesús se encontraba entre los doctores y llamaba su atención por su sabiduría y su ciencia. Sus padres contemplaron maravillados esta escena: fue un rayo de luz que les va descubriendo el misterio de la vida de Jesús. Si nosotros alguna vez perdemos a Jesús, sabemos que le encontramos siempre en el Sagrario, en aquellas personas que Dios mismo ha puesto para señalarnos el camino, y que nos espera en el sacramento de la Penitencia. Hoy podemos repetir muchas veces en la intimidad de nuestro corazón: “Jesús: que nunca más te pierda…” (S. Josemaría Escrivá, Santo Rosario). María y José nos ayudarán a no perder de vista a Jesús durante el día y durante toda nuestra vida.