Jueves 03 de Mayo

Reflexión sobre el Evangelio

«Para que todo el que crea en él no perezca»: Jesucristo exige como primer requisito para participar de su amor la fe en Él. Con ella pasamos de las tinieblas a la luz y entramos en camino de salvación. «Las palabras de Cristo son a un tiempo palabras de juicio y de gracia, de muerte y de vida. Porque solamente dando muerte a lo que es viejo podemos alcanzar la nueva vida; esto vale primeramente para las personas, pero también tiene vigencia para los diferentes bienes de este mundo, que están marcados al mismo tiempo con el pecado del hombre y la bendición de Dios (…). Nadie de por sí y por sus propias fuerzas se libra completamente de su debilidad, o de su soledad, o de su esclavitud, todos tienen necesidad de Cristo modelo, maestro, libertador, salvador, vivificador. Verdaderamente, el Evangelio ha sido en la historia humana, incluso la temporal, fermento de libertad y de progreso, y continúa ofreciéndose sin cesar como fermento de fraternidad, de unidad y de paz» (Conc. Vat. II, Decr. Ad gentes, n. 8).

Meditación

Ofrecer las obras del día

I. Para ordenar nuestra vida, el Señor nos ha dado los días y las noches. ‘El día habla al día y la noche comunica sus pensamientos a la noche’ (Sal 18, 3). Cada día comienza, en cierto modo, con un nacimiento y acaba con una muerte; cada día es como una vida en miniatura. Al final, nuestro paso por el mundo habrá ha sido santo y agradable a Dios si hemos procurado que cada jornada le fuera grata, desde que despunta el sol hasta su ocaso. También la noche, porque del mismo modo la hemos ofrecido al Señor. El hoy es lo único que tenemos para santificar: el día de ayer ha desaparecido para siempre, el mañana está aún en manos del Señor. El ofrecimiento de obras nos dispone desde el primer momento para escuchar y atender las innumerables inspiraciones y mociones del Espíritu Santo: ¡Te serviré, Señor!

II. Muchos buenos cristianos tienen la costumbre de dirigir su primer pensamiento a Dios. Y enseguida el “minuto heroico”, levantarse. No hay porque adaptarse a una fórmula concreta, pero es conveniente tener un modo habitual de hacer esta práctica de piedad. Es muy conocida esta oración a la Virgen: ¡Oh Señora y Madre mía! Yo me ofrezco del todo a Vos, y en prueba de mi filial afecto os consagro en este día mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón; en una palabra, todo mi ser. Ya que soy todo vuestro, ¡oh Madre de bondad!, guardadme y defenderme como cosa y posesión vuestra. Amén.

III. En la Santa Misa encontramos el momento más oportuno para renovar el ofrecimiento de nuestra vida y de las obras del día. En la patena ponemos la memoria, la inteligencia, la voluntad… Además, familia, trabajo, alegrías, amores, ilusiones, dolor, preocupaciones. Y en el momento de la Consagración se lo entregamos definitivamente a Dios. Vivamos cada día como si fuera el único para ofrecer a Dios. Y un día será el último y también se lo habremos ofrecido a Dios nuestro Padre, y oiremos a Jesús que nos dice como al buen ladrón: ‘En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso’ (Lc 23, 43).