Viernes 12 de Octubre

Reflexión sobre el Evangelio

El hombre fuerte y bien armado al que se refiere el evangelio es el demonio, que con su poder tenía esclavizado al hombre; pero Jesucristo, más fuerte que él, ha venido, le ha vencido y le está desalojando de donde se había enseñoreado. San Pablo dirá que Cristo «habiendo despojado a los principados y potestades, los expuso a público espectáculo llevándolos en su cortejo triunfal» (Col 2,15). Tras la victoria de Cristo, el «más fuerte», las palabras siguientes son una advertencia a los que le escuchaban, y a toda la humanidad: aunque no lo quieran reconocer, Jesucristo ha vencido, y en adelante no es admisible la neutralidad ante su causa: quien no esté con Él, contra Él está.

Meditación

La voluntad de Dios

I. Hágase tu voluntad en la tierra como en el Cielo, rogamos a Dios en la tercera petición del Padrenuestro. Queremos alcanzar del Señor las gracias necesarias para que podamos cumplir aquí en la tierra todo lo que Dios quiere. La mejor oración es aquella que transforma nuestro deseo, hasta conformarlo, gozosamente, con la voluntad divina, hasta poder decir con Jesús: No se haga mi voluntad, Señor, sino la tuya. Si es así nuestra oración, siempre saldremos beneficiados, pues no hay nadie que quiera tanto nuestro bien y nuestra felicidad como el Señor. Querer hacer la voluntad de Dios en todo, aceptarla con gozo y amarla, no “es la capitulación del más débil ante el más fuerte, sino la confianza del hijo en el Padre, cuya bondad nos enseña a ser plenamente hombres: Lo cual implica el descubrimiento de la condición de nuestra grandeza” (G. Chevrot, En lo secreto), la filiación divina.

II. En muchos momentos, nuestro querer natural coincide con el de Dios. Todo entonces parece sereno y suave. Sin embargo, el camino que lleva directamente a Dios, nos llevará en tantas ocasiones por senderos distintos a los que nosotros, con un criterio exclusivamente humano, hubiéramos escogido. Y el Espíritu Santo quizá nos diga en la intimidad de nuestro corazón: ‘Mis caminos no son vuestros caminos…’ (Is 55, 8). Es entonces cuando podemos purificar el propio yo, la propia voluntad inclinada exclusivamente a uno mismo, incluso en asuntos nobles, e iremos al Sagrario a ver a Jesús; ahí comprenderemos que nuestro querer más íntimo es precisamente aceptar y amar la voluntad de Dios. Nuestra meta será: hacer siempre, también en lo pequeño, en las tareas ordinarias, lo que Dios quiere que hagamos. Así, nuestra vida se convertirá en un continuo acto de amor.

III. En algunas situaciones humanamente difíciles, debemos decir con paz: “¿Lo quieres, Señor?… ¡Yo también lo quiero!”. Pueden ser ocasiones extraordinarias para confiar más y más en nuestro Padre. Esa voluntad divina que aceptamos puede llamarse sufrimiento, enfermedad o pérdida de un ser querido. O quizá son hechos que nos llegan por los simples sucesos de cada jornada o el transcurrir de los años. También nosotros podremos decir con Santa Teresa: “Dadme riqueza o pobreza, dadme consuelo o desconsuelo, dadme alegría o tristeza… ¿Qué mandáis hacer de mí?” Y agregamos: Señor, Dios mío, en tus manos abandono lo pasado y lo presente y lo futuro, lo pequeño y lo grande, lo poco y lo mucho, lo temporal y lo eterno (S. Josemaría, Vía Crucis).