Lunes 3 de Diciembre

Reflexión sobre el Evangelio

La fe ejemplar del oficial romano ha traspasado los tiempos. En el momento solemne en que el cristiano va a recibir al mismo Jesús en la Sagrada Eucaristía, la Liturgia de la Iglesia, para avivar la fe, pone en su boca y en su corazón precisamente las mismas palabras del centurión de Cafarnaúm: «Señor, yo no soy digno…». Según la mentalidad israelita de la época, el que un judío entrara en casa de un gentil llevaba consigo contraer la impureza legal. El centurión tiene la deferencia de no colocar a Jesús en una situación incómoda ante sus conciudadanos. Manifiesta su firme convencimiento de que la enfermedad está sometida a Jesús. De ahí que proponga dar una simple orden, una sola palabra, que producirá el efecto deseado, sin necesidad de entrar en su casa. El razonamiento del centurión es sencillo y convincente, tomado de su propia experiencia profesional. Jesús aprovecha este encuentro con un creyente gentil para hacer la solemne profecía del destino universal del Evangelio: a él serán llamados los hombres de todas las naciones, razas, edades y condiciones.

Meditación

San Francisco Javier

I. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? (Mc 8, 36). Estas palabras de Jesús se metieron hondamente en el alma de San Francisco Javier y llevaron a un cambio radical de vida a quien nació en 1506. Nuestro Santo de hoy estudió en París, donde conoció a San Ignacio de Loyola. Fue uno de los fundadores de la Compañía de Jesús. Ordenado sacerdote en Roma en 1537, en 1541 marchó a Oriente, y durante diez años evangelizó incansablemente la India y el Japón, convirtiendo a muchos. Murió el año 1552, en la isla de Shangchuan, en China

¿De qué servirían todos los tesoros de esta vida, si dejáramos pasar lo esencial? ¿Para qué querríamos éxitos y riquezas, triunfos y premios, si al final no encontráramos a Dios? Todo habría sido engaño, pérdida de tiempo y el fracaso más completo. Es así como comprendió Javier el valor de su alma y de las almas de los demás, y Cristo llegó a ser el centro verdadero de su vida. Como nos recuerda Benedicto XVI, “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”. Desde entonces, el celo por las almas fue en él «una apasionada impaciencia» (Juan Pablo II). Sintió en su alma el apremio incontenible de la salvación del mundo entero y estuvo dispuesto a dar su vida por ganar almas para Cristo. La impaciencia santa que consumió el corazón de Francisco Javier le hizo escribir, cuando se encontraba ya en el lejano Oriente, «… y los cristianos nativos, privados de sacerdotes, lo único que saben es que son cristianos. No hay nadie que celebre para ellos la Misa, nadie que les enseñe el Credo, el Padrenuestro» (S. Francisco Javier).

El Santo contemplaba –como nosotros hoy– el panorama de tantas gentes que no tienen quien les hable de Dios. Siguen siendo una realidad en nuestros días las palabras del Señor: La mies es mucha y los operarios, pocos (Mt 9, 37). Esto le hacía escribir a Javier, con el corazón lleno de un santo celo: «Muchos, en estos lugares, no son cristianos, simplemente porque no hay quien les hable del Evangelio. Muchas veces me vienen ganas de recorrer las Universidades de Europa, principalmente la de París, y de ponerme a gritar por doquiera, como quien ha perdido el juicio, para impulsar a los que poseen más ciencia que caridad, hacia la misión”. Este mismo celo misionero debe arder en nuestro corazón. Pero de modo ordinario el Señor quiere que lo ejercitemos allí donde nos encontramos: en la familia, en medio del trabajo, con nuestros amigos y compañeros, pero eso si, como resultado de ser discípulos suyos, “recordando –como señala el documento conclusivo de Aparecida– a los primeros seguidores de Jesucristo que fueron al Jordán, donde Juan bautizaba, con la esperanza de encontrar al Mesías (cf. Mc 1, 5). Quienes se sintieron atraídos por la sabiduría de sus palabras, por la bondad de su trato y por el poder de sus milagros, por el asombro inusitado que despertaba su persona, acogieron el don de la fe y llegaron a ser discípulos de Jesús. Al salir de las tinieblas y de las sombras de muerte (cf. Lc 1, 79), su vida adquirió una plenitud extraordinaria: la de haber sido enriquecida con el don del Padre. Vivieron la historia de su pueblo y de su tiempo y pasaron por los caminos del Imperio Romano, sin olvidar nunca el encuentro más importante y decisivo de su vida que los había llenado de luz, de fuerza y de esperanza: el encuentro con Jesús, su roca, su paz, su vida” (Aparecida, 21).

II. Y les dijo: Vayan al mundo entero y prediquen el Evangelio a toda criatura (Mc 16, 15). Todos los cristianos debemos sentirnos urgidos a dar cumplimiento a estas palabras dondequiera que nos encontremos, con valentía, con audacia, como nos lo recuerda Juan Pablo II: «los cristianos estamos llamados a la valentía apostólica, basada en la confianza en el Espíritu», pues, si miramos a nuestro alrededor, nos damos cuenta de que son muchos los que no conocen aún a Cristo. Incluso muchos que fueron bautizados viven como si Cristo no los hubiera redimido, como si Él no estuviera realmente presente en medio de nosotros. Muchos andan hoy como aquellos que atraían la misericordia de Jesús, porque andaban como ovejas sin pastor (Mt 9, 36), sin una dirección precisa en sus vidas, desorientados, perdiendo lo mejor de su tiempo porque no saben a dónde ir. También nosotros nos llenamos de compasión por esas personas que, aunque humanamente parecen triunfar en ocasiones, están en el mayor de los fracasos porque no sienten ni se comportan como hijos de Dios que se dirigen hacia la Casa del Padre. Qué pena si alguno dejara de encontrar al Maestro por nuestra omisión, por la falta de ese espíritu apostólico, misionero.

Debemos comunicar nuestro celo por las almas a otros para que a su vez sean mensajeros de la Buena Nueva que Cristo ha dejado al mundo. De mil formas diferentes, con unas palabras u otras, con una conducta ejemplar siempre, hemos de hacer eco a aquellas palabras que el Papa Juan Pablo II pronunció en el lugar de nacimiento de San Francisco, en Javier: «Cristo necesita de vosotros y os llama para ayudar a millones de hermanos vuestros a ser plenamente hombres y salvarse. Vivid con esos nobles ideales en vuestra alma y no cedáis a la tentación de las ideologías de hedonismo, de odio y de violencia que degradan al hombre. Abrid vuestro corazón a Cristo, a su ley de amor; sin condicionar vuestra disponibilidad, sin miedo a respuestas definitivas, porque el amor y la amistad no tienen ocaso» (Juan Pablo II), duran para siempre.

Pidamos al Señor que despierte en nosotros el amor ardiente que inflamó a Javier en el celo por la salvación de las almas. Pidamos a Santa María que sean muchos los que impulsemos con nuestro ejemplo para que se conviertan a su vez en nuevos discípulos y misioneros.

III. San Francisco Javier, pedía siempre a los destinatarios de sus cartas «la ayuda de sus oraciones”, pues el discípulo y misionero ha de estar fundamentado en el sacrificio personal, en la propia oración y en la de los demás.

Santa Teresa de Lisieux, intercesora también de las misiones, a pesar de no haber salido del convento sentía con fuerza el celo por la salvación de todas las almas, también las más lejanas. Experimentaba en su corazón las palabras de Cristo en la Cruz, ‘tengo sed’, y encendía su corazón en deseos de llegar a los lugares más apartados. «Quisiera –escribe- recorrer la tierra predicando vuestro Nombre y plantando, Amado mío, en tierra infiel vuestra gloriosa Cruz. Mas no me bastaría una sola misión, pues desearía poder anunciar a un tiempo vuestro Evangelio en todas las partes del mundo, hasta en las más lejanas islas. Quisiera ser misionera, no sólo durante algunos años, sino haberlo sido desde la creación del mundo, y continuar siéndolo hasta la consumación de los siglos». Y cuando, encontrándose ya muy enferma, daba un breve paseo, y una hermana, al ver su fatiga, le recomendó descansar, respondió la Santa: «¿Sabe lo que me da fuerzas? Pues bien, ando para un misionero. Pienso que allá muy lejos puede haber uno casi agotado de fuerzas en sus excursiones apostólicas, y para disminuir sus fatigas, ofrezco las mías a Dios». Y hasta esos lugares llegó su oración y su sacrificio.

El celo por las almas también se ha de manifestar en todas las ocasiones. No pueden ser disculpa la enfermedad, la vejez o el aparente aislamiento. A través de la Comunión de los Santos podemos llegar muy lejos. Tan lejos como grande sea nuestro amor a Cristo. Entonces, la vida entera, hasta el último aliento aquí en la tierra, habrá servido para llevar almas al Cielo, como sucedió a Francisco Javier, que moría frente a las costas de China, anhelando poder llevar a esas tierras la Buena Nueva de Cristo. Ninguna oración, ningún dolor ofrecido con amor, se pierde: todos, de un modo misterioso pero real, producen su fruto. Ese fruto que un día, por la misericordia de Dios, veremos en el Cielo y nos llenará de una dicha incontenible.