Reflexión sobre el evangelio
«Año de gracia»: Alude al año jubilar de los judíos, establecido por la Ley de Dios (Lev 25,8 ss.) cada cincuenta años, para simbolizar la época de redención y libertad que traería el Mesías. La época inaugurada por Cristo, el tiempo de la Nueva Ley hasta el final de este mundo, es el «año de gracia», el tiempo de la misericordia y de la redención, que se alcanzarán cumplidamente en la vida eterna. De manera semejante, la institución del Año Santo en la Iglesia Católica tiene este sentido de anuncio y recuerdo de la Redención traída por Cristo y de su plenitud en la vida futura.
Meditación
Jesús, nuestro maestro
I. El Señor nunca se opuso a que el pueblo le llamase profeta y maestro (Mateo 21, 11), y a sus discípulos les decía: Vosotros me llamáis maestro y señor, y hacéis bien, porque lo soy (Juan 13, 13). Con frecuencia Jesús utiliza la expresión: Yo os digo: es el Hijo de Dios quien habla. Jesús habla en nombre propio, (cosa que jamás había hecho ningún profeta), e imparte una enseñanza divina. Nadie como Él ha señalado la verdad fundamental del hombre: su libertad interior y su intocable dignidad. Su doctrina nos ha sido transmitida, fidelísima y substancialmente completa, a través de los Evangelios. Jesús es nuestro único Maestro: Junto a Él nos sentimos seguros. Siempre dice a cada uno lo que necesita oír. Leyendo el Evangelio unos minutos todos los días, con corazón leal, meditándolo despacio, uno se siente empujado a decir: Señor, sólo Tú tienes palabras de vida eterna (Juan 6, 68). Sólo Tú, Señor. Examinemos cómo y con qué atención leemos el Evangelio.
II. Si después ha habido maestros y doctores en la Iglesia (Hechos 13, 1; Corintios 12, 28-29) ha sido porque Él los constituyó, subordinándolos a Él, repetidores y testigos de lo que han visto y oído (Hechos 10, 39). A través del Evangelio, tal como se lee en la Iglesia, nos llega como por un canal la Buena Nueva de Cristo. Tomar a Jesús como Maestro es tomarlo por guía, andar sobre sus huellas, buscar con afán su voluntad sobre nosotros, sin desalentarnos jamás por nuestras derrotas, de las que Él nos levanta y las convierte en victorias una y otra vez. Tomarle como Maestro es querer parecernos a Él: que los demás, al ver nuestro trabajo, nuestro comportamiento con la familia y con los extraños, puedan reconocer a Jesús. Si meditamos el santo Evangelio, si le tratamos diariamente en la oración, nos pareceremos a Jesús, casi sin darnos cuenta.
III. Cristo tiene siempre algo que decirnos, a cada uno en particular, personalmente. Para oírle hemos de tener un corazón que sepa escuchar, un corazón atento a las cosas de Dios. Nosotros hemos de pedirle ese corazón capaz de escuchar y entender las mociones del Espíritu Santo en nuestra alma, lo que nos dice a través del Magisterio de la Iglesia, esa doctrina que nos llega a través del Papa y de los obispos unidos a él, que requiere una respuesta práctica. Dios también nos habla por medio de los acontecimientos, de las personas que nos rodean y de la dirección espiritual. Le pedimos a la Virgen un oído atento a la voz de Dios, aunque a veces use intermediarios.
