Reflexión sobre el evangelio
«Se retiraba a lugares solitarios para orar»: «Es muy importante –perdonad mi insistencia- observar los pasos del Mesías, porque Él ha venido a mostrarnos la senda que lleva al Padre. Descubriremos, con Él, cómo se puede dar relieve sobrenatural a las actividades aparentemente más pequeñas; aprenderemos a vivir cada instante con vibración de eternidad, y comprenderemos con mayor hondura que la criatura necesita esos tiempos de conversación íntima con Dios: para tratarle, para invocarle, para alabarle, para romper en acciones de gracias, para escucharle o, sencillamente, para estar con Él» (San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 239).
Meditación
La obediencia de Jesús. Nuestra obediencia
I. Después del encuentro en el Templo, Jesús regresó a Galilea con María y José. Y bajó con ellos, y vino a Nazaret, y les estaba sujeto (Lucas 2, 51). Es una de las pocas noticias que nos han llegado de estos años de vida oculta: que Jesús obedecía a sus padres. “Cristo, a quien el universo está sujeto –comenta San Agustín-, estaba sujeto a los suyos” (Sermón 51, 19). La obediencia de Jesús fue delicada, sencilla y llena de naturalidad. Toda la vida de Jesús fue un acto de obediencia a la voluntad del Padre. Sin obediencia no hay crecimiento en la vida interior, ni verdadero desarrollo de la persona humana. En cada momento Dios espera de nosotros una respuesta: la que coincide con su gloria y con nuestra personal felicidad. La voluntad de Dios se nos manifiesta a través de los Mandamientos, de su Iglesia, de acontecimientos que suceden, y también de personas a quienes debemos obediencia.
II. La obediencia es una virtud que nos hace muy gratos al Señor porque es así como manifestamos nuestra entrega a Él. En el Evangelio vemos cómo obedece nuestra Madre Santa María, que se llama a sí misma la esclava del Señor (Lucas 1, 38), manifestando que no tiene otra voluntad que la de Dios. Los Apóstoles, a pesar de sus limitaciones, saben obedecer. La obediencia y la fe en la palabra del Señor hacen milagros. Muchas gracias y muchos frutos van unidos a la obediencia. “La obediencia hace meritorios nuestros actos y sufrimientos, de tal modo que, de inútiles que estos últimos pudieran parecer, pueden llegar a ser muy fecundos. Una de las maravillas realizadas por nuestro Señor es haber hecho que fuera provechosa la cosa más inútil, como es el dolor. Él lo ha glorificado mediante la obediencia y el amor. La obediencia es grande y heroica cuando por cumplirla está uno dispuesto a la muerte y a la ignominia” (R. GARRIGOU LAGRANGE, Las tres edades de la vida interior)
III. Cristo obedece por amor; ese es el sentido de la obediencia cristiana: la que se debe a Dios y a sus mandamientos, a la Iglesia, a los padres, a la doctrina del magisterio, y la que afecta a aquellas cosas más íntimas de nuestra alma. Y no quiere el Señor servidores de mala gana, sino hijos que desean cumplir su voluntad. Con la obediencia se adquiere la verdadera libertad y la madurez, porque hay vínculos que esclavizan y otros que liberan. La obediencia lleva consigo la educación del carácter y una gran paz en el alma. Cerca de la Virgen aprenderemos a obedecer con prontitud, alegría y eficacia.
