Sábado 12 de Enero

Reflexión sobre el evangelio

El evangelista, poco más adelante (Jn 4,2), aclara que no era Jesús mismo quien bautizaba, sino sus discípulos. Probablemente el Señor quiso que desde el primer momento se ejercitaran el atarea de exhortar a la conversión. Aquel rito no era todavía el Bautismo cristiano –pues éste sólo comienza después de la Resurrección de Cristo (cfr Jn 7,39; 16,7; Mt 28,19)-, sino que «ambos bautismos, el de San Juan Bautista y éste de los discípulos del Señor (…) tenían por finalidad acercar a estos bautizados a Cristo (…) y preparar el camino para la fe futura» (San Juan Crisóstomo, Hom. Sobre S. Juan, 29,1).

Meditación

Jesús crecía

I. Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres (Lucas 2, 52). Así resume San Lucas los años de Jesús en Nazaret. Según su naturaleza humana, Jesús crecía como uno de nosotros. El crecimiento en sabiduría ha de entenderse en cuanto la experiencia de la vida que tiene todo ser humano con el paso de los años. Jesús aprendió de José, en primer lugar, el oficio con el que se ganó la vida. De la Virgen adquiriría dichos y maneras de decir, las oraciones que todo niño judío aprendía de sus padres. Además de la ciencia experimental humana, Jesús poseía la ciencia de los bienaventurados, la visión de la esencia divina en razón de la unión de la naturaleza humana de Cristo con la naturaleza divina en la única persona del Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Y también, Jesús poseía la ciencia infusa, por las que conocía todas las cosas, incluso las ocultas. Estas dos ciencias no podían aumentar porque las tenía en plenitud. Jesús poseía una ciencia divina con un conocimiento perfectísimo, pero quiso vivir una existencia plenamente humana.

II. Nuestra madurez en los años debe ir acompañada de un progresivo aumento de las virtudes humanas y de la vida sobrenatural. El crecimiento se obtiene por medio de la gracia, especialmente a través de los Sacramentos, y con el ejercicio de las virtudes. La gracia, que ha sido depositada en nuestro corazón como una simiente (1 Juan 3, 9), pugna por crecer y llevarnos a la plenitud (Efesios 3, 13). La madurez, humana y sobrenatural, que hemos de alcanzar, no es cosa de un momento. El hombre espiritual se desarrolla por la acción del Espíritu (Efesios 3, 16), mediante el ejercicio de las virtudes, y alcanza su plenitud bajo la influencia de los Sus dones, cuya misión es perfeccionar la vida la vida sobrenatural incoada por las virtudes teologales. Esos dones se encuentran en toda alma en gracia.

III. Dios ha querido que nuestro crecimiento sobrenatural vaya acompañado de una madurez también humana. Las virtudes humanas son cimiento de las sobrenaturales. La gracia no actúa de espaldas a la propia naturaleza –física, psicológica y moral- sobre la que reposa. La madurez humana da objetividad, serenidad de ánimo, adaptabilidad a las diferentes circunstancias, responsabilidad, perseverancia. Nuestra Madre nos ayudará a llegar a la edad perfecta según Cristo (Efesios 4, 13).