Reflexión sobre el evangelio
De este modo explica Santo Tomás de Aquino el significado de la Transfiguración: «Así como en el bautismo de Jesús, donde fue declarado el misterio de la primera regeneración, se mostró la acción de toda la Trinidad, ya que allí estuvo el Hijo Encarnado, se apareció el Espíritu Santo en forma de paloma, y allí se escuchó la voz del Padre; así también en la Transfiguración, que es como el sacramento de la segunda regeneración (la resurrección), apareció toda la trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre y el Espíritu Santo en la claridad de la nube; porque así como Dios Trino da la inocencia en el Bautismo, de la misma manera dará a sus elegidos el fulgor de la gloria y el alivio de todo mal en la Resurrección…» (Suma Teológica, III, q. 45, a. 4 ad2) Porque, en efecto, la Transfiguración fue un cierto signo o anticipo no sólo de la glorificación de Cristo, sino también de la nuestra. Pues, como dice San Pablo: «El Espíritu mismo da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo; con tal de que padezcamos con él, para ser con él también glorificados» (Rm 8, 16.17).
Meditación
Los propósitos de la oración
I. En Cristo tiene lugar la plenitud de la Revelación. En su palabra y en su vida se contiene todo lo que Dios ha querido decir a la humanidad y a cada hombre. En Jesús encontramos todo lo que debemos saber acerca de nuestra propia existencia, en Él entendemos el sentido de nuestro vivir diario. En Cristo se nos ha dicho todo; a nosotros nos toca escucharle y seguir el consejo de Santa María: Haced lo que Él os diga (Juan 2, 5). Ésa es nuestra vida: oír lo que Jesús nos dice en la intimidad de la oración, en los consejos de la dirección espiritual y a través de los acontecimientos que Él manda o permite, y llevar a cabo lo que Él quiere de nosotros. A la oración hemos de ir a hablar con Dios, pero también a escuchar sus consejos, inspiraciones y deseos acerca de todos los aspectos de nuestra vida. Nuestra Madre nos enseña a escuchar a su Hijo, a considerar las cosas en nuestro corazón como Ella lo hacía.
II. A la oración sincera, con rectitud de intención, y sencilla, como habla un hijo con su padre, un amigo con su amigo, ‘están siempre atentos los oídos de Dios’. Él nos oye siempre, aunque en alguna ocasión tengamos la impresión de que no nos atiende. Y también nosotros debemos prestar atención a Jesús que nos habla en la intimidad de la oración. El Señor deja en el alma abundantes frutos, aunque a veces pasen inadvertidos. Procuremos rechazar cualquier distracción involuntaria, veamos qué debemos cuidar para mejorar ese rato de conversación con el Señor, y seguir el ejemplo de los santos, que perseveraron en su oración a pesar de las dificultades. Al hacer nuestra oración, siempre tenemos a nuestro Ángel Custodio a nuestro lado, para ayudarnos y llevar nuestras peticiones al Cielo. Examinemos si nosotros estamos atentos a lo que quiera el Señor decirnos en nuestro diálogo.
III. Los propósitos que sacamos de la oración deben estar bien determinados para que sean eficaces, para que se plasmen en realidades o, al menos, en el empeño por que así sea: “planes concretos, no de sábado a sábado, sino de hoy a mañana, y de ahora a luego” (S. Josemaría Escrivá, Surco). Los propósitos diarios y esos puntos de lucha bien determinados –el examen particular– nos llevarán de la mano hasta la santidad, si no dejamos de luchar con empeño. Con la ayuda de la Virgen podremos llevarlos a la práctica.
