Reflexión sobre el Evangelio
«Dejará de recibir, en esta vida, el ciento por uno»: El premio de ponerlo todo en Cristo no sólo se recibirá plenamente en la vida eterna, sino ya en esta vida. Jesucristo habla de una manera sencilla del ciento por uno, que ya aquí obtendrá quien abandone generosamente sus cosas. El Señor añade «con persecuciones», porque éstas también son recompensa de la fe con que hemos abandonado las cosas por amor de Jesucristo; pues la gloria de un cristiano es la de conformarse con la imagen del Hijo de Dios, teniendo parte en su Cruz para participar después de su gloria: «Con tal de que padezcamos con él, para ser con él también glorificados» (Rm 8,17); porque «todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús serán perseguidos» (2 Tm 3,12).
Meditación
Generosidad y desprendimiento
I. Después del encuentro con el joven rico que considerábamos ayer, Pedro le dice a Jesús: Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido (Mc 10, 28-31). Nosotros, como los Apóstoles, hemos dejado lo que el Señor nos ha ido pidiendo, cada uno según su vocación, y tenemos el firme empeño de romper cualquier atadura que nos impida correr tras Cristo y seguirle. Hoy renovamos este deseo considerando las palabras de San Pablo: ‘Todo lo tengo por basura, con tal de ganar a Cristo’ (Flp 3, 8). Ninguna cosa tiene valor en comparación con Cristo. El Señor exige la virtud de la pobreza a todos sus discípulos, de cualquier tiempo y en cualquier situación de la vida. También pide la austeridad real y efectiva en la posesión y uso de los bienes materiales, y ello incluye “mucha generosidad, innumerables sacrificios y un esfuerzo sin descanso” (Pablo VI, Populorum progressio). Por lo tanto es necesario aprender a vivir de modo práctico esta virtud en la vida corriente de todos los días.
II. Lo hemos dejado todo… Hemos experimentado que el desprendimiento efectivo de los bienes lleva consigo la liberación de un peso considerable: como el soldado que se despoja de todo lo que le estorba al entrar en combate para estar más ágil. ‘Estamos en el mundo como quienes nada tenemos, pero todo lo poseemos’ (2 Co 6, 10). Saboreamos así un señorío sobre las cosas que nos rodean. Las palabras de Cristo: ‘recibirán en esta vida cien veces más, y en el siglo venidero, la vida eterna’, nos dan seguridad y rebasan con creces toda la felicidad que el mundo puede dar. El Señor nos quiere felices también aquí en la tierra: quienes le siguen con generosidad obtienen, ya en esta vida, un gozo y una paz que superan con mucho las alegrías y consuelos humanos.
III. Vale la pena seguir al Señor, serle fieles en todo momento, darlo todo por Él, ser generosos sin medida: vale la pena, vale la pena, vale la pena. Quien es fiel a Cristo tiene prometido el Cielo para siempre. Oirá la voz del Señor, a quien ha procurado servir aquí en la tierra, que le dice: ‘Ven, bendito de mi Padre, al Cielo que tenía preparado desde la creación del mundo’ (Mateo 25, 34). Pidamos a Nuestra Madre que nos consiga disposiciones firmes de desprendimiento y generosidad como Ella supo hacerlo para que podamos contagiar alrededor un clima alegre de amor a la pobreza cristiana.
