Reflexión sobre el Evangelio
«Sepan que el Reino de Dios está cerca»: El Reino de Dios, anunciad por Juan Bautista y descrito por el Señor en tantas parábolas, se encuentra ya presente entre los Apóstoles y, sin embargo, todavía no ha llegado la plenitud de su manifestación. Jesús anuncia en este lugar la llegada en plenitud del Reino y nos invita a pedir esto mismo en el Padrenuestro: «Venga a nosotros tu Reino». «El Reino de Dios, que ha tenido aquí en la tierra sus comienzos en la Iglesia de Cristo, no es de este mundo, cuya figura pasa; y sus crecimientos propios no pueden juzgarse idénticos al progreso de la cultura de la humanidad o de las ciencias o de las artes técnicas, sino que consiste en que se conozcan cada vez más profundamente las riquezas insondables de Cristo, en que se ponga cada vez con mayor constancia la esperanza en los bienes eternos, en que cada vez más ardientemente se responda al amor de Dios; finalmente, en que la gracia y la santidad se difundan cada vez más abundantemente entre los hombres» (Pablo VI, Solemnis profession fidei, n. 27). Al final del mundo todo será recapitulado en Cristo y Dios reinará definitivamente en todas las cosas.
Meditación
Una palabra eterna
I. A punto de concluir el ciclo litúrgico, leemos en el Evangelio de la Misa esta expresión del Señor: El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán (Lc 21, 33). Permanecerán porque fueron pronunciadas por Dios para cada hombre, para cada mujer que viene a este mundo. Jesucristo sigue hablando, y sus palabras, por ser divinas, son siempre actuales. Toda la Escritura anterior a Cristo adquiere su sentido exacto a la luz de la figura y de la predicación del Señor. Él es quien descubre el profundo sentido que se contiene en la revelación anterior. Los judíos que se negaron a aceptar el Evangelio se quedaron como con un cofre con un gran tesoro adentro, pero sin la llave para abrirlo. Desde siempre la Iglesia ha recomendado su lectura y meditación, principalmente del Nuevo Testamento, en el que siempre encontramos a Cristo que sale a nuestro encuentro. Unos pocos minutos diariamente nos ayudan a conocer mejor a Jesucristo, a amarle más, pues sólo se ama lo que se conoce bien.
II. Cuando en el Evangelio de la Misa leemos hoy que el
cielo y la tierra pasarán, pero no sus palabras, nos señala de algún modo que
en ellas se contiene toda la revelación de Dios a los hombres: la anterior a su
venida, porque tiene valor en cuanto hace referencia a Él, que la cumple y clarifica;
y la novedad que Él trae a los hombres, indicándoles con claridad el camino que
han de seguir. Jesucristo es la plenitud de la revelación de Dios a los
hombres. Cuántas veces hemos pedido a Jesús luz para nuestra vida con las
palabras –‘Ut videam!’, Que vea, Señor – de Bartimeo: hemos acudido a su
misericordia con las del publicano: ¡Oh Dios, apiádate de mí que soy un
pecador! ¡Cómo salimos confortados después de ese encuentro diario con Jesús en
el Evangelio!
III.
Cuando la vida cristiana comienza a languidecer, es necesario un diapasón que
nos ayude a vibrar de nuevo. ¡Cuántas veces la meditación de la Pasión de
Nuestro Señor, ha sido como una enérgica llamada a huir de esa vida menos
vibrante, menos heroica! No podemos pasar las páginas del Evangelio como si
fuera un libro cualquiera. Su lectura, dice San Cipriano, es cimiento para
edificar la esperanza, medio para consolidar la fe, alimento de la caridad,
guía que indica el camino… (Tratado sobre la oración). Acudamos amorosamente
a sus páginas, y podremos decir con el Salmista: Tu palabra es para mis pies una
lámpara, la luz de mi sendero (Sal 118, 105).
