Lunes 3 de enero

Reflexión sobre el evangelio

«Porque ya está cerca el Reino de los cielos»: Este Reino, al cual invita el Rey a todos sin excepción, tiene en la tierra su Banquete, la Eucaristía, que exige unas condiciones que han de predicar los propagadores de este Reino: «Es, pues, la sinaxis eucarística el centro de la congregación de los fieles, que preside el presbítero. Los presbíteros, por lo mismo, enseñan a los fieles a ofrecer a Dios Padre la Víctima Divina en el sacrificio de la Misa y a hacer con ella oblación de su vida; en el espíritu de Cristo Pastor los instruyen a someter sus pecados con corazón contrito a la Iglesia en el sacramento de la Penitencia, para convertirse más y más cada día al Señor, recordando sus palabras: ‘haced penitencia porque está al llegar el Reino de los cielos’» (Conc. Vat. II, Decr. Presbyterorum ordinis, n. 5).

Meditación

La profecía de Simeón

 I. Cuando se cumplieron los días de la purificación de María, la Sagrada Familia subió de nuevo a Jerusalén para dar cumplimiento a dos prescripciones de la Ley de Moisés: la purificación de la madre, y la presentación y rescate del primogénito (Lv 12, 2-8; Ex 13, 2. 12-13). Aunque ninguna ley obligaba a María y a Jesús por el nacimiento virginal y por ser Dios, María quiso cumplir la ley. La Sagrada Familia se presentó en el Templo confundida, como una más. María y José ofrecieron el Niño a Dios y lo rescataron, recibiéndolo de nuevo. La Virgen cumplió con los ritos de la purificación. Cuando llegaron a la puerta del Templo se presentó ante ellos un anciano llamado Simeón, tomó al Niño en sus brazos, y bendijo a Dios diciendo: Ahora, Señor, puedes sacar en paz de este mundo a tu siervo, según tu palabra: porque mis ojos han visto a tu Salvador. Aquel encuentro con Jesús ha sido lo verdaderamente importante en su vida; ha vivido para este instante. Nosotros hemos tenido con Jesús muchos encuentros en la Sagrada Comunión. Encuentros más íntimos y más profundos que los de Simeón. Después de cada Comunión, llenos de fe, de esperanza y de amor, también podemos decir: mis ojos han visto al Salvador.

II. El anciano Simeón, movido por el Espíritu Santo, descubre a María los sufrimientos que padecerá un día el Niño y la espada de dolor que traspasará el alma de Ella (Lc 2, 34-35). La alegría de la Redención y el dolor de la Cruz son inseparables en la vida de Jesús y de María. Desde el comienzo, la vida del Señor y de su Madre está marcada con el signo de la Cruz. La Iglesia aplica a la Virgen el título de corredentora. Nosotros aprendemos el valor y el sentido del dolor y contradicciones aquí en la tierra, contemplando a María y aprendemos a santificar el dolor uniéndolo al de su Hijo y ofreciéndoselo al Padre.  

III. El Señor ha querido asociarnos a todos los cristianos a su obra redentora en el mundo para que cooperemos con Él en la salvación de todos. Podemos hacerlo ejecutando con rectitud de intención nuestros deberes más pequeños y realizando un apostolado eficaz a nuestro alrededor. De modo especial le pedimos hoy a nuestra Madre Santa María que nos enseñe a santificar el dolor y la contradicción, que sepamos unirlos a la Cruz, que desagraviemos frecuentemente por los pecados del mundo, y que aumente cada día en nosotros los frutos de la Redención.

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