Martes 31 de mayo

Meditación

La visitación de la santísima Virgen

I. Poco después de la Anunciación, se dirigió Nuestra Señora a visitar a su pariente Isabel. Es fácil imaginar el inmenso gozo que llevaba Nuestra Madre en su corazón y el deseo grande de comunicarlo. ‘Mira, también Isabel, tu prima, ha concebido un hijo…’, le había indicado el ángel. Después de este largo viaje, Nuestra Señora entró en casa de Zacarías y saludó a su pariente. Y en cuanto oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó de gozo en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo. Aquella casa quedó transformada por la presencia de Jesús y de María. Es éste un prodigio que hace Jesús a través de María, asociada desde los comienzos a la Redención y a la alegría que Cristo trae al mundo. La fiesta de hoy, la Visitación, nos presenta una faceta de la vida interior de María: su actitud de servicio humilde y de amor desinteresado para quien se encuentra en necesidad (Juan Pablo II, Homilía 31-V-1979). Este suceso, que contemplamos en el segundo misterio de gozo del Santo Rosario, nos invita a la entrega pronta, alegre y sencilla a quienes nos rodean. Muchas veces el mayor servicio que prestaremos será consecuencia del gozo interior que se desborda y llega a los demás. Pero esto sólo será posible si nos mantenemos muy cerca del Señor, mediante el fiel cumplimiento de los momentos de oración que tenemos previstos a lo largo del día.

II. ¿Cuántas veces hemos pronunciado nosotros las mismas palabras que Isabel, llena del Espíritu Santo, proclama? Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre. ¿Las pronunciamos con el mismo gozo con que lo hizo Isabel? ¡Cuántas veces pueden servirnos como una jaculatoria que nos una a Nuestra Madre del Cielo, mientras trabajamos, al caminar por la calle, al contemplar una imagen suya! Aprendamos hoy, una vez más, que cada encuentro con María representa un nuevo hallazgo de Jesús. Este don inmenso –poder conocer, tratar y amar a Cristo– tuvo su comienzo en la fe de Santa María, cuyo perfecto cumplimiento Isabel pone ahora de manifiesto: «la plenitud de gracia, anunciada por el ángel, significa el don de Dios mismo; la fe de María, proclamada por Isabel en la Visitación, indica cómo la Virgen de Nazaret ha respondido a este don» (Juan Pablo II, Enc. Redemptoris Mater, 25-III-1987, 12). La Virgen, que ya había pronunciado su fiat pleno y entregado, se presenta en el umbral de la casa de Isabel y Zacarías como Madre del Hijo de Dios. Es el descubrimiento gozoso de Isabel y también el nuestro, al que nunca terminaremos de acostumbrarnos.

III. El clima que rodea este misterio que contemplamos en el Santo Rosario es la alegría; el misterio de la Visitación es un misterio de gozo. Juan el Bautista exulta de alegría en el seno de Santa Isabel; ésta, llena de alegría por el don de la maternidad, prorrumpe en bendiciones al Señor; María eleva el Magnificat, que es la manifestación más pura de lo que María lleva en su corazón, de su íntimo secreto, revelado por el ángel. No hay en él rebuscamiento ni artificio: estas palabras son el espejo del alma de Nuestra Señora; un alma llena de grandeza y tan cercana a su Creador. Nuestra Madre Santa María no se distinguió por hechos prodigiosos; pocas, muy pocas, son las palabras que de Ella nos ha conservado el texto inspirado. Sin embargo, se ha cumplido puntualmente la maravillosa profecía de esta oración: ‘desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones’. ¿Quién podría contar las alabanzas, las invocaciones, los santuarios en su honor, las ofrendas, las devociones marianas…? Nosotros estamos cumpliendo ahora aquella profecía. ‘Dios te salve, María, llena eres de gracia…, bendita tú eres entre todas las mujeres’, le decimos en la intimidad de nuestro corazón.