Meditación
Vigilantes ante la llegada del Señor
I. Viene el Señor a visitarnos a traernos la paz, y ha de encontrarnos como el siervo diligente (Marcos 13, 37) a quien su señor le encuentra vigilante en su puesto cuando regresa después de un largo viaje. Vigilar es sobre todo amar. Puede haber dificultades para que nuestro amor se mantenga despierto: el egoísmo, la falta de mortificación y de templanza, amenazan siempre la llama que el Señor enciende una y otra vez en nuestro corazón. Por eso es preciso luchar para sacudir la rutina. Para el cristiano que se ha mantenido en vela, ese encuentro con el Señor no llegará inesperadamente, no vendrá como ladrón en la noche (1 Tesalonicenses 5, 2), no habrá sorpresas, porque en cada día se habrán producido ya muchos encuentros con Él, llenos de amor y confianza, en los Sacramentos y en los acontecimientos ordinarios de la jornada.
II. Estamos alerta cuando nos esforzamos por hacer mejor la oración personal, que aumenta los deseos de santidad y evita la tibieza, y cuando cuidamos la mortificación, que nos mantiene despiertos para las cosas de Dios. También vigilamos mediante el delicado examen de conciencia. Nuestra vigilancia ha de estar en las cosas pequeñas de cada día, porque así colocamos nuestras posiciones de lucha lejos de los muros capitales de la fortaleza (S. Josemaría Escrivá, Camino), y porque las cosas pequeñas suelen ser la antesala de las grandes. Afinemos en pureza interior mediante la mortificación de la memoria y la imaginación, durante estos días de espera en la Navidad, para recibir a Cristo con una mente limpia, en la que, eliminando todo lo que va contra el camino o está fuera de él, no quede ya nada que no pertenezca al Señor.
III. Esta purificación del alma por la mortificación interior no es algo meramente negativo. Ni se trata sólo de evitar lo que esté en la frontera del pecado; por el contrario, consiste en saber privarse, por amor a Dios, de lo que será lícito no privarse. La mortificación de la memoria y la imaginación nos abre el camino a la vida contemplativa, en las diversas circunstancias en la que Dios nos haya querido situar. La liturgia de Adviento nos repite insistentemente: Crea en mí, ¡Oh Dios!, un corazón puro (Salmos 50, 12), y hoy hacemos propósitos concretos de vaciarlo de todo lo que no agrada al Señor, y de llenarlo de amor como hicieron la Virgen Santísima y San José. Si acudimos a ellos nos ayudarán a hacer de nuestra vida, un caminar en el amor (Efesios 5, 2).
