Reflexión sobre el Evangelio
En el momento de comenzar la vida pública se pone de manifiesto el misterio de la Santísima Trinidad: «El Hijo es bautizado, el Espíritu Santo desciende en forma de paloma y se oye la voz del Padre» (San Beda, In Marci Evangelium expositio, ad loc.). «Permanece en Él el Espíritu Santo –continúa San Beda–, pero no desde que fue bautizado, sino desde que se encarnó». Es decir, Jesús no recibe su filiación divina en el momento del bautismo, sino que es Hijo de Dios desde toda la eternidad. Tampoco es constituido Mesías en este momento, ya que lo es desde la Encarnación.
El bautismo es la manifestación pública de Jesús como Hijo de Dios y como Mesías, ratificada con la presencia de la Santísima Trinidad. «El descenso del Espíritu Santo sobre Jesús guarda relación con el sacramento de todos los que después iban a ser bautizados, pues todos los que son bautizados con el Bautismo de Cristo reciben el mismo Espíritu Santo» (Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, III, q. 39, a. 6 ad 3).
