Reflexión sobre el Evangelio
Aquí contemplamos a Nuestra Señora que, «enriquecida desde el primer instante de su concepción con el resplandor de una santidad enteramente singular, la Virgen Nazarena, por orden de Dios es saludada por el ángel de la Anunciación como ‘llena de gracia’ (cfr Lc 1,28), a la vez que ella responde al mensajero celestial: ‘He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra’ (Lc 1,38). Así María, hija de Adán, al aceptar el mensaje divino, se convirtió en Madre de Jesús y, al abrazar de todo corazón y sin entorpecimiento de pecado alguno la voluntad salvífica de Dios, se consagró totalmente como esclava del Señor a la Persona y a la obra de su Hijo, sirviendo con diligencia al misterio de la Redención con Él y bajo Él, con la gracia de Dios omnipotente. Con razón, pues, piensan los Santos Padres que María no fue instrumento puramente pasivo en las manos de Dios, sino que cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres» (Conc. Vat. II, Const. Dogm. Lumen gentium, n. 56).
