Domingo 18 de junio

Meditación

Contrición por los pecados

I. Leemos en el Evangelio (Lc 7,36–8,3) que en una ocasión Jesús fue invitado a comer por un fariseo llamado Simón. Este hombre no muestra un amor especial a Cristo, ni tiene los detalles de cortesía que se ofrecían ordinariamente a un huésped de importancia. Cuando estaban en la mesa, entra una mujer reconocida como pecadora y va directamente a Cristo: se desborda en manifestaciones de arrepentimiento y contrición. Muestra que profesa a Jesús una veneración sin límites. El Señor le dice unas consoladoras palabras: Tu fe te ha salvado, vete en paz. La paz ha sido siempre el resultado de una contrición profunda que nos ha acercado a Dios mediante un acto de amor profundo.  Nuestras caídas no deben desalentarnos mientras seamos humildes y volvamos arrepentidos a la Confesión en donde nos espera Jesús.

II. Simón, callado, contempla la escena y menosprecia en su interior a la mujer y piensa que Cristo no es un verdadero profeta. Jesús dice a Simón: ¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies; ella en cambio los ha bañado con sus lágrimas y los ha enjugado con sus cabellos. No me diste… Tú no me amas; ella sí. Me ama a pesar de sus muchos pecados pues es muy grande su necesidad de ser perdonada. Simón no se da cuenta de sus faltas; tampoco es consciente de que si no cometió más pecados y más graves, se debió a la misericordia divina, que lo preservó del mal. No podemos olvidar la realidad de nuestras faltas, ni achacarlas al ambiente o a las circunstancias, o admitirlas como algo inevitable, disculpándonos y eludiendo la responsabilidad porque cerraríamos las puertas al perdón y al reencuentro verdadero con el Señor, como le ocurrió a este fariseo.

III. La sinceridad es salvadora. La raíz de la falta de sinceridad es la soberbia: impide al hombre que se deja llevar por ella someterse a Dios, reconocer su dependencia y lo que Él nos pide, y le hace más trabajoso aún reconocer que ha obrado mal y rectificar. Necesitamos una actitud humilde, como la de esta mujer pecadora, para crecer en el propio conocimiento con sinceridad, y así confesar nuestros pecados. Nos ayudará el examen de conciencia, hecho en la presencia de Dios, sin falsas justificaciones ni excusas, y la acusación sincera y concreta de nuestros pecados en la Confesión sacramental. Pidamos a la Virgen, Refugio de los pecadores, un sincero dolor de nuestros pecados y un agradecimiento efectivo por el sacramento de la Penitencia.