Domingo 25 de junio

Meditación

Amor y temor de Dios

I. Para acercarnos más y más a nuestro Dios y Señor hemos de apoyarnos en dos fundamentos sólidos que mutuamente se unen y complementan: confianza y reverencia respetuosa; cercanía y sumisión reverencial; amor y temor. “Son los dos brazos con los cuales abrazamos a Dios” enseña San Bernardo (Sobre la consideración). No debemos olvidar que el amor a Dios se hace fuerte en la medida en que estamos lejos del pecado mortal y luchamos decididamente, con empeño, contra el pecado venial deliberado. Y para mantenernos es esa lucha abierta contra todo aquello que ofende al Señor es de mucha ayuda el santo temor de Dios, temor siempre filial, de un hijo que teme causar dolor y tristeza a su Padre, pues sabe quién es su Padre, qué es el pecado y la infinita distancia en la que coloca al pecador.

II. El santo temor de Dios, garantía y respaldo del verdadero amor, nos ayuda a romper definitivamente con los pecados graves, nos mueve a hacer penitencia por los pecados cometidos y nos preserva de las faltas deliberadas. El temor filial aleja la afición al pecado, mantiene el alma vigilante ante una falsa y engañosa tranquilidad. Lo contrario es una actitud que vemos en personas que parecen volver de nuevo al paganismo, y es consecuencia de haber perdido el santo temor de Dios. En estas circunstancias se ridiculiza o se le quita importancia a la ofensa a Dios, y se consideran “naturales” las más graves aberraciones, porque se han roto las referencias entre la criatura y su Creador, de quien realmente depende en su ser y en el existir.

III. Aunque para la recepción del sacramento de la Confesión es suficiente la atrición (dolor sobrenatural, pero imperfecto, por miedo al castigo), nos ayudará mucho fomentar en nuestra alma el santo temor de Dios por haber ofendido a un Dios Todopoderoso, que a la vez es nuestro Padre. De esa actitud filial será más fácil pasar a la contrición, al arrepentimiento por amor, al dolor de amor. Comprenderemos más el misterio del pecado, si nos acostumbramos a considerar con frecuencia la Pasión de Nuestro Señor. Allí aprenderemos a amar, y a temer cometer una sola falta venial. Le pedimos a la Virgen que entendamos bien lo mucho que perdemos cada vez que damos un paso fuera del camino que conduce a su Hijo Jesús, aunque sean sólo faltas leves.