Domingo 16 de julio

Reflexión sobre el Evangelio

«Dichosos ustedes, porque sus ojos ven»: Dichosos, bienaventurados, felices, llama el Señor a sus discípulos. En efecto, los profetas y justos del Antiguo Testamento, durante siglos, habían vivido con la esperanza de gozar un día de la paz del Mesías venidero, pero murieron sin alcanzar esa dicha en la tierra. El anciano Simeón, al término de su vida, se llenó de gozo al contemplar a Jesús Niño que era presentado en el Templo: «Lo tomó en sus brazos, y bendijo a Dios diciendo: Ahora, Señor, puedes sacar en paz de este mundo a tu siervo, según tu palabra: porque mis ojos han visto a tu Salvador» (Lc 2,28-30). Los discípulos que durante la vida pública del Señor tuvieron la dicha de verle y de tratarle recordarán, al cabo de los años, este don inenarrable, y uno de ellos comenzará así su primera carta: «Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y han tocado nuestras manos acerca del Verbo de la vida; … lo que hemos visto y oído os lo anunciamos a vosotros, para que tengáis también comunión con nosotros, pues nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto para que vuestro gozo sea completo» (1 Jn 1,1-4).

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