Domingo 13 de agosto

Meditación

Dios siempre ayuda

I. La Primera lectura de la Misa nos presenta al Profeta Elías, cansado y desalentado, a quien el Señor se manifestó como un viento suave, como un susurro, expresando así su misteriosa espiritualidad y su delicada bondad con el hombre débil. Elías se sintió reconfortado para la nueva misión que el Señor quería que llevara a cabo. El Evangelio (Mt 14, 22-33) nos relata una de las tempestades que sufrieron los Apóstoles sin que Jesús estuviera con ellos en la barca. La barca estaba batida por las olas, y en peligro de zozobrar. Jesús se les acercó caminando sobre las olas y les dijo: Tened confianza, soy Yo, no temáis. Esas palabras consoladoras las hemos oído muchas veces de forma diferentes en la intimidad del corazón, ante sucesos desconcertantes y situaciones difíciles de nuestra vida. En la debilidad, en la fatiga, Jesús se nos presenta y nos dice: Soy Yo, no temáis. Nunca falló a sus amigos. Y si nosotros no tenemos otro fin en la vida que servirle, ¿cómo nos va a abandonar?

II. Cuando los Apóstoles oyeron a Jesús, se llenaron de paz. Pedro le pide con audacia: Señor, si eres Tú, manda que yo vaya a Ti sobre las aguas. Y el Maestro le contestó: Ven. Pedro tuvo mucha fe, y cambió la seguridad de la barca y comenzó a andar sobre las aguas hacia Jesús. Fueron unos momentos impresionantes de firmeza y de amor. Pero Pedro dejó de mirar a Jesús y se fijó más en las dificultades que lo rodeaban, y se atemorizó. Olvidó que la fuerza que lo sostenía no dependía de él sino de la voluntad del Señor. Pedro comenzó a hundirse por la falta de confianza en Quien todo lo puede. ¡Señor, sálvame! Gritó. Jesús extendiendo la mano, lo sostuvo y le dijo: Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado? A veces a nosotros nos puede suceder lo que a Pedro, que dejamos de mirar a Jesús, que nuestra vida de piedad se ha relajado, que nuestra oración es menos atenta, que somos menos exigentes con nosotros mismos. Para salir a flote, Pedro tuvo que asir la mano del Señor, y eso haremos nosotros, porque junto a Cristo se ganan todas las batallas.

III. Hemos de aprender a no temer nunca a Dios, que se presenta en lo ordinario y también en la tormenta de los sufrimientos, físicos y morales de la vida: Tened confianza, soy Yo, no temáis. Dios nunca llega tarde para socorrernos, y ayuda siempre en cada necesidad. Él llega, aunque sea de modo misterioso y oculto, en el momento oportuno. Y cuando por alguna razón nos encontramos en una situación penosa, con el viento en contra, Él se acerca. Ponemos por intercesora a la Virgen Santísima. Ella nos ayuda a clamar: Renueva, Señor, las maravillas de Tu amor.