Viernes 18 de agosto

Reflexión sobre el Evangelio

«El matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la procreación y educación de los hijos. Desde luego, los hijos son don excelentísimo del matrimonio, y contribuyen grandemente al bien de los mismos padres. El mismo Dios, que dijo ‘no es bueno que el hombre esté solo’ (Gen 2,18) y ‘al principio el creador los hizo varón y hembra’ (Mt 19,4), queriendo comunicar al matrimonio una participación especial en su propia obra creadora, bendijo al hombre y a la mujer diciendo: ‘Creced y multiplicaos’ (Gen 1,28). Por tanto, el ejercicio auténtico del amor conyugal y toda la estructura de la vida familiar, que nace de aquél, sin dejar de lado los otros fines del matrimonio, tienden a capacitar a los esposos para cooperar con decisión con el amor del Creador y Salvador, quien por ellos dilata y enriquece su propia familia» (Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, n. 50).

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