Domingo 27 de agosto

Meditación

El Papa, fundamento perpetuo de la unidad

I. ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? (Mt 16, 13-20), pregunta Jesús a los Apóstoles. Y después que ellos le dijeran las diversas opiniones de las gentes, Jesús les interpela directamente: Pero vosotros, ¿quién decís que soy Yo? Todos nosotros –comenta el Papa Juan Pablo II– conocemos ese momento en el que no basta hablar de Jesús repitiendo lo que otros han dicho…, no basta recoger una opinión, sino que es preciso dar testimonio, sentirse comprometido por el testimonio y después llegar hasta los extremos de las exigencias de ese compromiso”. Pedro, movido por una singular gracia, contesta: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Jesús le llama bienaventurado por la respuesta llena de verdad y le comunica que sobre él recaerá el Primado de toda su Iglesia: Y yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré la Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Será la roca, el fundamento firme sobre el que Cristo construirá su Iglesia, de tal manera que ningún poder podrá derribarla. “Para ti, ¿quién soy Yo?” Te pregunta Cristo.

II. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que atares sobre la tierra quedará atado en los Cielos. Pedro tiene el poder de atar y desatar, es decir, de absolver o condenar, de acoger o de excluir. Es tan grande este poder que aquello que decida en la tierra será ratificado en el Cielo. Para ejercerlo, cuenta con una asistencia especial del Espíritu Santo. Este poder se transmitirá a quienes sucedan a Pedro a lo largo de la historia. El Magisterio de la Iglesia siempre ha subrayado esta verdad (Concilio Vaticano II Lumen gentium). El Romano Pontífice es el sucesor de Pedro; unidos a él estamos unidos a Cristo. Es su Vicario aquí en la tierra, el que hace sus veces. Desde los comienzos de la Iglesia, los cristianos han venerado al Papa. Nuestro amor al Papa no es sólo un afecto humano, fundamentado en su santidad o simpatía, sino porque es el “dulce Cristo en la tierra”, en expresión de Santa Catalina de Siena.

III. Donde está Pedro, allí está la Iglesia, y allí también encontramos a Dios (San Ambrosio, Comentario al Salmo XII): Nosotros queremos estar con Pedro, porque con él está la Iglesia, con él está Cristo; y sin él no encontraremos a Dios. Y porque amamos a Cristo, amamos al Papa: con la misma caridad. Recibimos con su palabra una claridad meridiana en medio de las doctrinas confusas que proclaman –hoy, como en el pasado– tantos falsos profetas y tantos falsos doctores. Tengamos hambre de conocer las enseñanzas del Papa y de darlas a conocer en nuestro ambiente. Ahí está la luz que ilumina las conciencias; hagamos el propósito de recibir su palabra con docilidad y obediencia interna, con amor (Concilio Vaticano II, Lumen gentium).

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