Domingo 3 de septiembre

Reflexión sobre el Evangelio

Las palabras de Cristo son de una claridad meridiana: sitúan a cada hombre, individualmente, ante el Juicio Final. La salvación tiene, pues, un carácter radicalmente personal: «retribuirá a cada uno según su conducta». El fin del hombre no es ganar los bienes temporales de este mundo, que son sólo medios o instrumentos; el fin último del hombre es Dios mismo, que se posee como anticipo aquí en la tierra por la gracia, y plenamente y para siempre en la Gloria. Jesús indica cuál es el camino para conseguir ese fin: negarse a uno mismo (es decir, todo lo que es comodidad, egoísmo, apegamiento a los bienes temporales) y llevar la cruzo. Porque ningún bien terreno, que es caduco, es comparable a la salvación eterna del alma. Como explica con precisión teológica Santo Tomás, «el menor bien de gracia es superior a todo el bien del universo» (Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, I-II, q. 113, a. 9).