Reflexión sobre el Evangelio
«Y continúa el Señor –menciona san Gregorio Magno– ‘No llevéis bolsa ni alforja ni sandalias, y no saludéis a nadie por el camino’. Tanta debe ser la confianza que ha de tener en Dios el predicador, que aunque no se provea de las cosas necesarias para la vida, debe estar persuadido de que no le han de faltar, no sea que mientras se ocupa en proveerse de las cosas temporales, deje de procurar a los demás las eternas» (In Evangelia homiliae, 17). El apostolado exige una entrega generosa que lleva al desprendimiento: por eso, Pedro, el primero en poner en práctica el mandamiento del Señor, cuando el mendigo de la Puerta Hermosa le pidió una limosna, dijo: «No tengo oro ni plata» (Hch 3,6), «no tanto para gloriarse de su pobreza –señala san Ambrosio– cuanto de su obediencia al mandamiento del Señor, como diciendo: ves en mí un discípulo de Cristo, ¿y me pides oro? El nos dio algo mucho más valioso que el oro, el poder de obrar en su nombre» (Ibíd.).
