Lunes 20 de noviembre

Reflexión sobre el Evangelio

El ciego de Jericó aprovecha sin demora la ocasión del paso de Jesús. No se pueden desperdiciar las gracias del Señor porque no sabemos si las volverá a conceder. San Agustín formuló lapidariamente la urgencia de corresponder al don divino, al paso de Cristo, con la conocida frase: «temo que Jesús pase y no vuelva». Porque Jesús, alguna vez al menos, pasa por la vida de todos los hombres.

El ciego de Jericó confiesa a gritos que Jesús es el Mesías –le da el título mesiánico de Hijo de David–, y le pide lo que necesita: ver. Su fe es activa: grita, insiste, a pesar de los obstáculos de la gente. Y logra que Jesús le oiga y le llame. Dios ha querido que en el santo Evangelio haya quedado constancia del episodio de este hombre, ejemplo de cómo debe ser nuestra fe y nuestra petición: firme, sin dilaciones, constante, por encima de los obstáculos, hasta conseguir llegar al corazón de Jesucristo.