Reflexión sobre el Evangelio
Cuando la comitiva llega a un lugar desde donde se domina la ciudad, su alegría se ve turbada por el inesperado llanto de Jesús. El Señor explica la razón de su dolor al profetizar la destrucción de la Ciudad Santa a la que tanto quería: no quedará piedra sobre piedra y sus moradores serán aplastados, profecía que se cumplió en el año 70, cuando Tito arrasó la ciudad y destruyó el Templo.
En el desarrollo de los acontecimientos históricos se cumple un castigo: Jerusalén no ha conocido la visita que se le ha hecho, es decir, ha permanecido insensible ante la venida salvadora del Redentor. Jesús tuvo para los judíos un amor de predilección: fueron los primeros en recibir la predicación del Evangelio; a ellos dedicó el Señor su ministerio. Había mostrado con su palabra y sus milagros que era Hijo de Dios y el Mesías anunciado en las Escrituras. Sin embargo, los judíos despreciaron la gracia que el Señor venía a traerles: los dirigentes de la nación judía arrastraron al pueblo hasta pedir la crucifixión.
Jesús nos visita a cada uno de nosotros, viene como nuestro Salvador, nos enseña por medio de la predicación de la Iglesia, nos da su perdón y su gracia en los Sacramentos. No debemos rechazar al Señor, no debemos permanecer insensibles a su visita.
