Domingo 28 de enero

Reflexión sobre el evangelio

La misma autoridad que Jesús ha mostrado en la enseñanza aparece ahora en sus hechos. Lo hace con sólo su querer, sin necesitar múltiples invocaciones y conjuros. Las palabras y los hechos de Jesús transparentan un algo superior, un poder divino, que llena de admiración y temor a quienes le escuchan y observan. Esta primera impresión se mantendrá hasta el fin. Jesús de Nazaret es el Salvador esperado. El lo sabe y lo manifiesta precisamente en sus hechos y en sus palabras, que forman una unidad inseparable según los relatos evangélicos (Mc 1,38-39; 2,10-11; 4,39). Como enseña el Vaticano II (cfr Dei Verbum, n. 2), la Revelación se hace con hechos y palabras íntimamente unidos entre sí. Las palabras esclarecen los hechos; los hechos confirman las palabras. De este modo Jesús va revelando progresivamente el misterio de su Persona: primero las gentes captan su autoridad excepcional, y los Apóstoles, iluminados por la gracia de Dios, reconocerán después la raíz última de esa autoridad: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16).