Meditación
La esclavitud del pecado
I. El Evangelio de la Misa (Mc 1,21-38) nos habla de la curación de un endemoniado. La victoria sobre el espíritu inmundo es una señal más de la llegada del Mesías, que viene a liberar a los hombres de su más temible esclavitud: la del demonio y el pecado.
No se excluye –enseñaba Juan Pablo II– que en ciertos casos el espíritu maligno llegue incluso a ejercitar su influjo no sólo sobre las cosas materiales, sino también sobre el cuerpo del hombre, por lo que se habla «posesiones diabólicas» (cfr Mc 5,2-9), en donde los posesos pierden frecuentemente el dominio sobre sí mismos. Mediante el pecado mortal muchos hombres quedan sujetos a la esclavitud del demonio, se alejan del reino de Dios para penetrar en el reino de las tinieblas; en un grado u otro, se convierten en instrumento del mal en el mundo.
Además del hecho histórico concreto que nos muestra el Evangelio, con la luz de la fe podemos ver en este poseso a todo pecador que quiere convertirse a Dios, liberándose de Satanás y del pecado, pues Jesús no ha venido a liberarnos «de los pueblos dominadores, sino del demonio; no de la cautividad del cuerpo, sino de la malicia del alma» (San Agustín, Sermón 48).
II. La experiencia de la ofensa a Dios es una realidad. Y con facilidad el cristiano descubre esa huella profunda del mal y ve un mundo esclavizado por el pecado (Concilio Vaticano II, loc. cit., 2.). Hemos de ser sinceros con nosotros mismos, para evitar reincidir, avivando en nuestros corazones el afán de santidad. «El primer requisito para desterrar ese mal (…), es procurar conducirse con la disposición clara, habitual y actual, de aversión al pecado. Recientemente con sinceridad, hemos de sentir –en el corazón y en la cabeza– horror al pecado grave. Y también ha de ser nuestra la actitud, hondamente arraigada, de abominar del pecado venial deliberado, de esas claudicaciones que no nos privan de la gracia divina, pero debilitan los causes por los que nos llega» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 243).
Pidamos al Señor esa pureza de conciencia que nos lleve a no acostumbrarnos, a abominar de toda ofensa a Dios.Aquí reside la maldad del pecado:en que los hombres, ‘habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios, sino que se envanecieron con sus razonamientos y quedó su insensato corazón lleno de tinieblas…, dando culto y sirviendo a las criaturas en lugar de adorar al Creador’ (Rom 1,21-25).
III. Si nos percatamos de la malicia de la ofensa a Dios, nunca plantearemos la lucha en la frontera de lo grave y lo leve pues el pecado mayor está en «despreciar la pelea en esas escaramuzas, que calan poco a poco en el alma, hasta volverla blanda, quebradiza e indiferente, insensible a las voces de Dios» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 77). Los pecados veniales realizan este funesto efecto en las personas que no luchan con firmeza para evitarlos. Pidamos al Señor su luz, su amor, su fuego que nos purifique, para no empequeñecer nunca la grandeza de nuestra vocación, para no quedar atrapados en la mediocridad cristiana que lleva la lucha floja ante las faltas veniales.
Los santos han recomendado la confesión frecuente, sincera, contrita como medio eficaz contra estas faltas y pecados. «Ten siempre verdadero dolor de los pecados que confiesas, por leves que sean –aconsejaba San Francisco de Sales– y haz firme propósito de enmienda para ir adelante. Muchos hay que pierden grandes bienes y mucho aprovechamiento espiritual porque, confesándose de los pecados veniales como por costumbres y cumplimiento, sin pensar enmendarse, permanecen toda la vida cargados de ellos» (San Francisco de Sales, Introducción a la vida devota, II, 19).
