Reflexión sobre el evangelio
La misma autoridad que Jesús ha mostrado en la enseñanza aparece ahora en sus hechos. Lo hace con sólo su querer, sin necesitar múltiples invocaciones y conjuros. Las palabras y los hechos de Jesús transparentan un algo superior, un poder divino, que llena de admiración y temor a quienes le escuchan y observan. Esta primera impresión se mantendrá hasta el fin. Jesús de Nazaret es el Salvador esperado. El lo sabe y lo manifiesta precisamente en sus hechos y en sus palabras, que forman una unidad inseparable según los relatos evangélicos (Mc 1,38-39; 2,10-11; 4,39). Como enseña el Vaticano II (cfr Dei Verbum, n. 2), la Revelación se hace con hechos y palabras íntimamente unidos entre sí. Las palabras esclarecen los hechos; los hechos confirman las palabras. De este modo Jesús va revelando progresivamente el misterio de su Persona: primero las gentes captan su autoridad excepcional, y los Apóstoles, iluminados por la gracia de Dios, reconocerán después la raíz última de esa autoridad: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16).
