Domingo 18 de febrero

Reflexión sobre el Evangelio

San Mateo y san Lucas narran con más detalle las tentaciones de Jesús. En san Marcos se resalta únicamente lo esencial: que fue tentado por el diablo. Jesús quiso enseñarnos, sometiéndose a las tentaciones, que éstas no son de temer, sino que, al contrario, pueden ser la ocasión de un progreso en la vida interior. «Dios permite las tentaciones –comenta San Alfonso María de Ligorio– en primer lugar para que con ellas reconozcamos mejor nuestra debilidad y la necesidad que tenemos de la ayuda de Dios para no caer (…); en segundo lugar, Dios las permite para que uno aprenda a vivir desprendido de las cosas materiales y desee más fervorosamente llegar a la contemplación de Dios en el Cielo (…); y, en tercer lugar, para enriquecernos de méritos (…). En efecto, cuando el alma comienza a ser agitada de tentaciones y se ve en peligro de caer en el pecado, recurre entonces a Dios, recurre a la divina Madre, renueva el propósito de morir antes que pecar, se humilla y se abandona en brazos de la divina misericordia, y así logra alcanzar más fortaleza y se une a dios más estrechamente, como atestigua la experiencia» (Práctica del amor a Jesucristo, cap. 17).