Reflexión sobre el Evangelio
«Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único»: La entrega de Cristo constituye la llamada más apremiante a corresponder a su gran amor: «El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente. Por eso Cristo Redentor (…) revela plenamente el hombre al mismo hombre. Tal es –si se puede expresar así– la dimensión humana del misterio de la Redención. En esta dimensión el hombre vuelve a encontrar la grandeza, la dignidad y el valor propios de su humanidad (…). El hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí mismo (…) debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo. Debe, por decirlo así, entrar en Él con todo su ser, debe ‘apropiarse’ y asimilar toda la realidad de la Encarnación y de la Redención para encontrarse a sí mismo. ¡Qué valor debe tener el hombre a los ojos del Creador, si ha ‘merecido tener tan grande Redentor’ (Misal Romano, Himno Exsultet de la Vigilia Pascual), si ‘Dios ha dado a su Hijo’, a fin de que él, el hombre, ‘no perezca sino que tenga vida eterna’!» (Conc. Vat. II, Decr. Ad gentes).
