Reflexión sobre el evangelio
La Resurrección de Jesucristo, realizada en las primeras horas del domingo, es un hecho que todos los Evangelio afirman de modo claro y rotundo: Unas santas mujeres comprueban con asombro que el sepulcro está abierto. Al entrar en el vestíbulo (cfr Mc 16,5-6) ven a un ángel que les dice: «No está aquí, porque ha resucitado como había dicho». Algunos guardias, los que estaban de vigilancia cuando el ángel hizo rodar la piedra, fueron a la ciudad y comunicaron a los pontífices todo lo sucedido. Como el asunto era urgente, optaron por sobornar a los guardias: les dieron bastante dinero con la condición de divulgar que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo de Jesús mientras dormían. «¡Astucia miserable!, dice S. Agustín, ¿presentas testigos dormidos? ¡Verdaderamente estás durmiendo tú mismo al imaginar semejante explicación» (Enarrationes in Psalmos, 63,15). Los Apóstoles, que días antes habían huido por miedo, serán ahora, después de haberlo visto y de haber comido y bebido con Él, los predicadores más incansables de este hecho. «A este Jesús –dirán– lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos» (Hch 2,32).
