Jueves 30 de mayo

Meditación

La fe de Bartimeo

I. Relata San Marcos en el Evangelio de la Misa de hoy (10, 46-52) que Jesús, al salir de Jericó en su camino de Jerusalén, pasó cerca de un ciego, Bartimeo, que estaba sentado junto al camino pidiendo limosna. También nosotros, comenta San Agustín, “tenemos cerrados los ojos del corazón y pasa Jesús para que clamemos” (Sermón 88, 9). Bartimeo oyó ruidos de una muchedumbre diferente y pregunta: “Qué pasa?”  Y le dicen: Es Jesús de Nazaret.  Al oír este nombre se llenó de fe su corazón y comenzó a gritar con todas sus fuerzas: ¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí! En su alma, su fe se hace oración. Quienes le rodeaban le reprendían para que callase. San Agustín comenta esta frase del Evangelio haciendo notar que cuando un alma se decide a clamar al Señor, o a seguirle, con frecuencia encuentra obstáculos en las personas que le rodean. Bartimeo no hace el menor caso, y, en vez de callar, clama más fuerte. La oración del ciego es escuchada. “¿No te entran ganas de gritar a ti, que estás parado a la vera del camino de la vida que es tan corta; a ti, que necesitas más gracias para decidirte a buscar la santidad: Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí? (San Josemaría Escrivá, Amigos De Dios).

II. El Señor, que le oyó desde el principio, le dejó perseverar en su oración, y espera. Lo mismo que a ti. Está ahora Bartimeo delante de Jesús. El Señor le pregunta ¿Qué quieres que haga? Jesús, aunque todo lo sabe, desea que le pidamos. Señor, que vea. “Imitemos pues, al que acabamos de oír” (San Gregorio Magno, Homilías sobre los Evangelios). Imitémosle en su fe grande, es su oración perseverante, en su fortaleza para no rendirse ante el ambiente adverso en el que se inician sus primeros pasos hacia Cristo. Que nuestra oración sea como la de Bartimeo: personal, directa, sin anonimato. A Jesús le llamamos por su nombre y le tratamos de modo directo y concreto.

III. La historia de Bartimeo es nuestra propia historia, pues también nosotros estamos ciegos para muchas cosas, y Jesús está pasando junto a nuestra vida. Quizá ha llegado el momento de acompañar a Jesús. Lo primero que ve Bartimeo es el rostro de Cristo. No lo olvidaría jamás. Y le seguía por el camino glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al presenciarlo alabó a Dios (Lc 18, 43). Muchos se convertirían a la fe por su testimonio. Muchas gracias hemos recibido también nosotros, tan grandes o mayores que la del ciego de Jericó. Y también espera el Señor que nuestra vida y nuestra conducta sirvan a muchos para que encuentren a Jesús presente en nuestro tiempo.

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