Domingo 2 de junio

Reflexión sobre el Evangelio

Las palabras de la consagración del cáliz muestran con claridad la naturaleza del sacrificio que tiene la Eucaristía: la Sangre de Cristo, al ser derramada, sella la nueva y definitiva Alianza de Dios con los hombres. Esta Alianza queda sellada para siempre con el sacrificio de Cristo en la Cruz, en el cual Jesús es a la vez el Sacerdote y la Víctima. La Iglesia ha definido esta verdad con las siguientes palabras: «Si alguno dijere que en el sacrificio de la Misa no se ofrece a Dios un verdadero y propio sacrificio, o que el ofrecerlo no es otra cosa que dársenos a comer Cristo, sea anatema» (Conc. De Trento, Doctrina De SS. Misae sacrificio, cap. 1, can. 1). Aquellas palabras pronunciadas sobre el cáliz debieron de ser muy reveladoras para los Apóstoles, porque en ellas aparecía explicado el sentido de preparación y de anticipo que habían tenido los sacrificios de la antigua Alianza. Los Apóstoles llegaron a comprender de este modo cómo la Alianza del Sinaí y los múltiples sacrificios del Templo no eran sino una figura imperfecta del definitivo sacrificio y de la definitiva Alianza, que tuvieron lugar en la Cruz y se anticiparon en la Cena.

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