Domingo 9 de junio

Meditación

El pecado contra el Espíritu Santo

I. La blasfemia imperdonable al Espíritu Santo consiste en excluir la misma fuente de perdón de los pecados, cerrándose a la gracia y tergiversando los hechos sobrenaturales, atribuyendo la acción divina de Jesús al demonio, como los fariseos del Evangelio de la Misa de hoy. Esta actitud, además de su gravedad y malicia, posee una disposición interna de la voluntad que anula toda la posibilidad de arrepentimiento. Todo pecado, por grande que sea, puede ser perdonado, porque la misericordia de Dios es infinita; pero para que se otorgue ese perdón divino es necesario reconocer el pecado y creer en el perdón y en la misericordia del Señor, cercano siempre a nuestra vida. El Papa Juan Pablo II nos advierte de esta deformación de la conciencia. Nosotros le pedimos al Señor una verdadera humildad para reconocer nuestros pecados, y que nunca nos acostumbremos a ellos, incluyendo los veniales. A Nuestra Señora le pedimos el santo temor de Dios, para no perder nunca el sentido del pecado y la conciencia de nuestros errores.

II. Jesucristo nos dio a conocer plenamente al Espíritu Santo como una Persona distinta del Padre y del Hijo, como el Amor personal dentro de la Trinidad Beatísima, que es la fuente y modelo de todo amor creado (Concilio Vaticano II, Gaudium et spes). Jesús se refiere a Él como a un paráclito o consejero, esto es, abogado y confortador. Tiene como particular misión el juicio de la propia conciencia, y ese otro juicio tan especial de la Confesión de donde salimos absueltos de nuestras culpas y llenos de una riqueza nueva. La delicadeza de conciencia es aquella que tiene el alma cuando aborrece el pecado, incluso venial, y procura ser dócil a las inspiraciones y gracias del Espíritu Santo. Lo contrario a la conciencia delicada es la dureza de corazón que corresponde a la pérdida del sentido del pecado (Juan Pablo II), contra la cuál siempre debemos estar alerta

III. Vivimos en un ambiente pagano generalizado, parecido al que encontraron los primeros cristianos, y que hemos de cambiar como ellos lo hicieron. En innumerables ocasiones se enjuician ideas y hechos contrarios a la ley de Dios como asuntos normales, que a veces se deploran por sus consecuencias dañinas para la sociedad y para el individuo, pero sin referencia alguna al Creador. La suciedad de los pecados necesita un término de referencia, y éste es la santidad de Dios. El cristiano sólo percibe el desamor cuando considera el amor a Cristo. Digámosle como San Pedro: ‘Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo’ (Jn 21, 17).