Domingo 16 de junio

Reflexión sobre el Evangelio

Jesús habla de la Iglesia a sus discípulos: la predicación del Evangelio, que es la semilla generosamente esparcida, dará su fruto sin falta, no dependiendo de quién siembra o quién riega, sino de Dios que da el incremento. Todo se realizará «sin que él sepa cómo», sin que los hombres se den plenamente cuenta. Al mismo tiempo el Reino de Dios indica la operación de la gracia en cada alma: Dios opera silenciosamente en nosotros una transformación, mientras dormimos o mientras velamos, haciendo brotar en el fondo de nuestra alma resoluciones de fidelidad, de entrega, de correspondencia, hasta llevarnos a la edad «perfecta». Aunque es necesario este esfuerzo del hombre, en definitiva es Dios quien actúa, «porque el Espíritu Santo es quien, con sus inspiraciones, va dando tono sobrenatural a nuestros pensamientos, deseos y obras. Él es quien nos empuja a adherirnos a la doctrina de Cristo y a asimilarla con profundidad, quien nos da luz para tomar conciencia de nuestra vocación personal y fuerza para realizar todo lo que Dios espera. Si somos dóciles al Espíritu Santo, la imagen de Cristo se irá formando cada vez más en nosotros e iremos así acercándonos cada día más a Dios Padre. ‘Los que son llevados por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios’ (Rm 8,14)» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 135).