Jueves 3 de octubre

Reflexión sobre el Evangelio

Está claro que el Señor considera que la pobreza y el desprendimiento de los bienes materiales ha de ser una de las principales características del apóstol (vv. 3-4). No obstante, consciente de las necesidades materiales de sus discípulos, deja sentado el principio de que el ministerio apostólico merece su retribución. Por eso el Concilio Vaticano II recuerda la obligación que todos tenemos de contribuir al sostenimiento de los que generosamente se entregan al servicio de la Iglesia: «Los presbíteros, consagrados al servicio divino en el cumplimiento del cargo que se les ha encomendado, merecen recibir una justa remuneración, pues el que trabaja es merecedor de su salario (Lc 10,7), y el Señor ordenó a los que anuncian el Evangelio que vivan el Evangelio (1 Cor, 9,14). Por ello, en la medida en que no se hubiera provisto por otra parte a la justa retribución de los presbíteros, los fieles mismos, como quiera que los presbíteros trabajan por su bien, tienen verdadera obligación de procurar que se les proporcione los medios necesarios para llevar una vida honesta y digna» (Presbyterorum ordinis, n. 20).

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