Meditación
La santidad del matrimonio
I. Cuando unos fariseos se acercan a Jesús para tentarle, le preguntan para enfrentarlo a la ley de Moisés si es lícito al marido repudiar a la mujer. Jesús declara en esta ocasión la unidad e indisolubilidad originales del matrimonio, según los instituyera Dios en el principio de la creación (Mc 10, 2-16). Sus discípulos volvieron a preguntarle lo mismo, y Él les confirma lo que ya había enseñado: Cualquiera que repudie a su mujer y se una con otra, comete adulterio contra aquella; y si la mujer repudia a su marido y se casa con otro comete adulterio (Gn 2, 18-24). Difícilmente se puede hablar con más nitidez. Sus palabras están llenas de una claridad deslumbradora. ¿Cómo es posible que un cristiano pueda cuestionar estas propiedades naturales del matrimonio y siga proclamando que imita y acompaña a Cristo? La salud moral de los pueblos está ligada al buen estado del matrimonio. De aquí la urgencia que todos tenemos de rezar y velar por las familias. Los mismos escándalos que desgraciadamente se producen y se divulgan, pueden ser ocasión para dar buena doctrina y ahogar el mal en abundancia de bien.
II. Jesús eleva el matrimonio a la dignidad de sacramento, que hasta entonces había sido una institución de orden meramente natural, y lo introduce en el orden de las cosas divinas. El matrimonio natural entre dos cristianos también está lleno de grandeza y dignidad, pero “el ideal propuesto por Cristo a los casados está infinitamente por encima de una meta de perfección humana: a través del matrimonio comunica a los esposos la misma vida divina…” (J. Mª. Martínez Doral). Quienes se casan inician juntos una vida nueva que han de andar en compañía de Dios. ¡Sacramento grande en Cristo y en la Iglesia, dice San Pablo! (Ef 5, 32). No olvidemos que lo primero que quiso santificar el Mesías fue el hogar, puesto que quiso nacer y crecer en su seno.
III. Quiso el Señor reflejar en su propia familia el modo en que habrían nacer y crecer sus hijos: en el seno de una familia establemente constituida y rodeados de su protección y cariño. La familia tal y como Dios la ha querido es una verdadera “escuela de virtudes” (Juan Pablo II, Discurso) donde los hijos se forman para ser ciudadanos y buenos hijos de Dios. Es en medio de la familia que vive de cara a Dios, donde cada uno encontrará su propia vocación, a la que el Señor le llama. Acudamos a Nuestra Señora y a su castísimo esposo, San José, para que cuiden a nuestra familia y a todas las familias del mundo entero.
