Domingo 16 de febrero

Reflexión sobre el Evangelio

En la lepra se veía un castigo de Dios (cfr. Num 12,10-15). La desaparición de esta enfermedad se consideraba como una de las bendiciones de la época mesiánica (Is 35,8). Al enfermo de lepra, por el carácter contagioso de esta enfermedad, la Ley lo había declarado impuro y transmisor de impureza a aquellas personas que tocaba, o a aquellos lugares en que entraba. Por eso tenía que vivir aislado (Num 5,2; 12,14 ss.), y mostrar, por un conjunto de señales externas, su condición de leproso. El pasaje nos muestra la oración, llena de fe y confianza, de un hombre que necesita la ayuda de Jesús y la pide seguro de que, si quiere el Señor, tiene poder para librarlo del mal que padece. «Aquel hombre se arrodilla postrándose en tierra –lo que es señal de humildad y de vergüenza–, para que cada uno se avergüence de las manchas de su vida. Pero la vergüenza no ha de impedir la confesión: el leproso mostró la llaga y pidió el remedio. Su confesión está llena de piedad y de fe. Si quieres, dice, puedes: esto es, reconoció que el poder curarse estaba en manos del Señor» (In Marci Evangelium expositio, in loc.).