Lunes 30 de junio

Reflexión sobre el Evangelio

Desde los comienzos de su predicación mesiánica, Jesús apenas permanece en un mismo lugar; va siempre de camino pasando. “No tiene donde reclinar su cabeza” (Mt 8,20). Quien quiera estar con Él tiene que “seguirle”. La expresión “seguir a Jesús” adquiere en el Nuevo Testamento un alcance preciso: seguir a Jesús es ser su discípulo (cfr Mt 19,28). Ocasionalmente las multitudes “le siguen”. Pero los verdaderos discípulos son “los que le siguen” de modo permanente, siempre; hasta el punto de que existe una equivalencia entre “ser discípulo de Jesús” y “seguirle”. Después de la Ascensión del Señor, “seguirle” se identifica con ser cristiano (cfr Act 8,26) Por el hecho sencillo y sublime de nuestro Bautismo, todo cristiano es llamado, con vocación divina, a ser plenamente discípulo del Señor con todas sus consecuencias.

El seguimiento de Cristo, en efecto, lleva consigo una disponibilidad rendida, una entrega inmediata de lo que Jesús pide, porque esa llamada es un seguir a Cristo al ritmo de su mismo paso, que no admite quedarse atrás: a Jesús o se le sigue, o se le pierde. En qué consiste el seguimiento de Cristo lo ha enseñado Jesús en el Discurso de la Montaña (Mt 5-7), y nos lo resume los catecismos más elementales de la doctrina cristiana: cristiano quiere decir hombre que cree en Jesucristo -fe que recibió en el Bautismo- y que está obligado a su santo servicio. Cada cristiano debe buscar, en la oración y trato con el Señor, cuáles son las exigencias personales y concretas de su vocación cristiana.

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