Reflexión sobre el Evangelio
Los judíos calculaban el tiempo de modo distinto al nuestro. Dividían la totalidad del día en ocho partes, cuatro para la noche, que llamaban vigilias (Lc 12,38), y cuatro para el tiempo comprendido entre la salida y la puesta del sol, que llamaban ‘horas’: hora de prima, de tercia, de sexta y de nona. La hora de prima comenzaba a la salida del sol y terminaba hacia las nueve; la de tercia abarcaba hasta las doce; la de sexta hasta las tres de la tarde, y la de nona hasta la puesta del sol. Por tanto, la duración de las horas de prima y de nona era inestable: menguaba durante el otoño y el invierno, y crecía durante la primavera y el verano; a la inversa ocurría con las vigilias primera y cuarta.
