Miércoles 29 de octubre

Reflexión sobre el Evangelio

«Vendrán muchos del oriente y del poniente»: El pueblo judío, de modo general, se consideraba el único destinatario de las promesas mesiánicas hechas a los Profetas, pero Jesús declara la universalidad de la salvación. La única condición que exige es la respuesta libre del hombre a la llamada misericordiosa de Dios. Al morir Cristo en la Cruz, el velo del Templo se rasgó por medio, en señal de que acababa la división que separaba a judíos y gentiles. San Pablo enseña: «Él (Cristo) es nuestra paz; el que hizo de los dos pueblos uno solo y derribó el muro de la separación (…); de ese modo creó en sí mismo de los dos un hombre nuevo, estableciendo la paz, y reconciliando a ambos con Dios en un solo cuerpo, por medio de la cruz, dando muerte en sí mismo a la enemistad» (Ef 2,14-16). En efecto, «todos los hombres están llamados a formar parte del nuevo Pueblo de Dios. Por lo cual, este pueblo permaneciendo uno y único debe extenderse a todo el mundo y en todos los tiempos, para cumplir así el designio de la voluntad de Dios, que en un principio creó una sola naturaleza humana y determinó luego congregar en un solo pueblo a sus hijos que estaban dispersos» (Conc. Vat. II, Const. Dogm. Lumen gentium, n. 13).

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